Reflexión

Cuando se tienen problemas de comprensión e ignorancia hay que resolverlos con lecturas nuevas y apropiadas. (Miguel Delibes).

domingo, 28 de febrero de 2010

Dilema

La última calada dijo Juan.
Varios anillos de humo se difuminaron por el rincón, mientras los tres muchachos saboreaban con prisa, como si no les quedase tiempo, el cigarrillo que compartían.
“Tren expreso, procedente de Irún, con destino Coruña y Vigo, va a efectuar su salida”. El frío invernal era allí, más soportable. El cigarrillo, ahora agonizante, desapareció bajo la suela de un zapato, y los tres salieron por la puerta opuesta al andén.
A esa misma hora, el profesor de historia, en el instituto, terminaba de explicar a los alumnos presentes un tema sobre la reconquista.
¡Hola mamá!.... ¡hola hijo!. El saludo como cada día iba precedido del “clac” de la puerta al cerrarse seguido de un beso en la mejilla. ¿Qué tal hoy?.... bien, la historia me entra peor y tendré que repasarla un poco.
¡Hola cariño! … hola. El “clac” el saludo y el beso se repiten como un rito. ¿Ha llegado Juan?... está en su cuarto estudiando, luego le saludas. Es un gran muchacho… sí, lo es.
Paul Anka, y Marilyn con su falda al vuelo contemplan desde la pared el libro de historia abierto, al lado de un cuaderno y una taza de Cola-Cao caliente. Carlos ya habrá salido de la tienda de repuestos y estará en la bolera, es muy bueno jugando, ¡seguro que gana el campeonato!. Voy a decirle a papá que me ayude a buscar un trabajo; mamá se alegrará, tendremos más dinero, yo me compraré unos zapatos de ante, como los de Carlos. Sí: mañana tal vez se lo diga a papá, tal vez.

Las zapatillas azules y rojas se deslizan por el parquet mientras la bola de 10 libras, después de trazar un generoso arco y evadirse de la mano que la sujeta, avanza como atraída por el grupo de bolos que en perfecta formación permanecen al final de la pista esperando el fatal desenlace. Otro pleno, –strique lo llama Carlos. El choque de los bolos al caer y el “clac” del pestillo al abrir la puerta le volvió a la dura realidad: Juan hijo, ¿No has oído el despertador? Date prisa, o llegarás tarde.

Suerte que ayer dejé preparada la mochila. Una joven mamá con su sillita prorrogó por un tiempo la salida del autobús, la sonrisa del conductor mientras extraigo la tarjeta, corrobora que me he salvado gracias al niño.
El vecino del quinto cruza el paso de cebra con una abultada carpeta, se ha colocado en una gestoría y parte de la mañana la pasa en la calle.

Aula 21 Literatura Medieval, se denomina literatura medieval a todos aquellos trabajos mejor se lo digo a mi padre por la tarde tenemos más tiempo para a causa de la gran amplitud de este periodo se hace difícil hablar de la literatura medieval en términos papá es muy amigo de Adolfo, el de la asesoría Las Cantigas a Santa María y El libro del Buen Amor. -finalizó el profesor.

¡Hola cariño!.... hola. ¿Ha llegado Juan?  ¡Hola papá!



jueves, 25 de febrero de 2010

La duquesa de tres picos. Don Quijote. Cap. 38/2

Cervantes recuerda nuevamente al lector la mentalidad de una clase social ociosa y parasitaria cuyo solo objetivo es la diversión caiga quien caiga. No hay límite para el despilfarro ni escrúpulos para la humillación; utilizan a las personas como el titiritero a sus marionetas, haciéndoles transformarse, e interpretar el personaje más adecuado para conseguir el objetivo que se han marcado. Esta circunstancia se manifiesta especialmente en la reiteración de  personajes travestidos, que, de alguna manera añaden si cabe, más burla a la burla.
Aparece en escena una condesa que cambia su denominación de Lobuna por la de Trifaldi en función de la forma de su falda de tres puntas que portan tres pajes seguidos de un séquito de doce dueñas enlutadas con las que la escena adquiere mayor dramatismo.
Al introducir la equivocación del criado-condesa y la abundancia de superlativos en el diálogo, pueden interpretarse dos intenciones:
  • Los protagonistas superados por la representación no reparan en tan notorios errores.
  • Perciben el absurdo, pero optan por no “romper el hechizo” hasta ver en qué termina todo.
Tanta ceremonia prepara psicológicamente a los protagonistas “quisiera que me hicieran sabidora si está en este gremio, corro y compañía el acendradísimo caballero don Quijote de la Manchísima y su escuderísimo Panza”, que no pueden por menos que aceptar el reto y mostrarse dispuestos a servir y remediar a la Dolorida dueña en lo que acontezca . Para no dar lugar al arrepentimiento, en una nueva escenografía la Trifaldi se postra a los pies de ambos. El Autor consigue en este punto que el lector se identifique con los protagonistas, se meta en su piel. ¡Que otra decisión pueden tomar!
De las intervenciones de Sancho, deduce el criado-dueña alguna suspicacia que soluciona con habilidad: “Conjúrote por lo que debes a tu bondad fidelísima, me seas buen intercesor con tu dueño, para que luego favorezca a esta humildísima y desdichada condesa”.Continúa el capítulo con una descripción novelesca en la que no faltan los ingredientes clásicos:

  • Bella infanta –Antonomasia.
  • Muchos pretendientes.
  • Caballero poeta –Clavijo- que la seduce con ayuda de la dueña.
  • Compromiso de matrimonio con vicario y alguacil.

Otro relato amoroso dentro de la novela al estilo de Cardenio y Luscinda o Quiteria y Camacho.
Sancho, harto seguramente de tanta descripción urge el fin de la historia; quiere saber que ha de hacerse, donde acudir. Le espera el cargo de gobernador de su ínsula.

jueves, 18 de febrero de 2010

Sancho y las dueñas frente a frente. Don Quijote. Cap. 37/2

A modo de pasarela más que puente, entre los capítulos anterior y posterior, transcurre éste en el que Sancho desde el jardín de los duques manifiesta sin recato su antipatía por las dueñas. Utilizando éste hecho el Autor saca a la luz y deja constancia del sentir de un sector  de la sociedad en que vive.
En juicio de Sancho y apoyándose en la sentencia de un boticario toledano, las dueñas son enfadosas, impertinentes, e incapaces de generar cosa buena. Evidentemente, es la impresión que ha sacado de su trato con doña Rodríguez.

Cabría destacar que la breve intervención de D. Quijote en éste capítulo, es muy medida y sin acritud hacia Sancho aun cuando lo reprende por la suspicacia que demuestra con la condesa de Trifaldi que viene a buscarle por su valor y méritos. Esta actitud del caballero para con su escudero deja traslucir el cambio que se está introduciendo en los personajes.

Las afirmaciones de Sancho hacen que doña Rodríguez salga en defensa de su condición de  mujeres principales que no llegan a mayores merecimientos en virtud del sistema establecido por la clase gobernante “allá van leyes do quieren reyes”, “quien a nosotras trasquiló las tijeras le quedaron en la mano”; personaliza en los escuderos la incomprensión de que son objeto y denuncia el estado de sometimiento en que se encuentran “como quién cubre o tapa un muladar con un tapiz el día de la procesión”. Tal vez, con tan sutil exposición, Cervantes trate de denunciar una situación y justificar la habitual irritación de ésta clase social.

Sancho que está investido de  doble personalidad  retoma el papel de gobernador hasta tal punto que ante la inminente aparición de la Dueña Dolorida, se anticipa al duque, para indicarle el protocolo a seguir en la recepción. "-¿Quién te mete a ti en esto Sancho? –dijo D. Quijote”. Recobra de nuevo su condición de escudero, para contestar a ésta pregunta con otra de sus parrafadas a las que ya estamos acostumbrados, " puedo meterme como escudero que ha aprendido los términos de la cortesía en la escuela de vuesa merced"  y que tan buen resultado la está dando, tanto es asi que hasta el duque no tiene por más que darle la razón.

Con pífaro y tambores se crea el suspense necesario para otro episodio de una de las aventuras más notables de la historia, a decir del narrador.


viernes, 12 de febrero de 2010

Pífano y Epístola. Don Quijote. Cap. 36/2


Con el patrocinio de los duques, la representación de los criados, el ínclito mayordomo en el papel de regidor y contando con la aportación de cinco azotes por parte de Sancho, continua la historia del encantamiento.
A la duquesa, los cinco azotes, le parecen pocos y de poca intensidad. No tiene suficiente, la burla moral, no le satisface. Para que el castigo redentor sea más efectivo apela a los pensamientos del sabio Merlín y sugiere que se utilice un cilicio con refuerzo de metal punzante: “menester será que el buen Sancho, haga alguna disciplina de abrojos o de las de canelones”. El buen sancho se queja: “mis carnes tienen más de algodón que de esparto”. Quiere salir de ésta conversación y con un hábil giro, cambia de tema y le hace una confidencia a la duquesa: “tengo escrita una carta a mi mujer”.
El futuro gobernador, no sabe leer ni escribir, pero ha puesto todo su conocimiento al dictar la carta: “quien la había de dictar, si no yo”. Relata en ella como ha de ser el desencantamiento, poniendo buen cuidado en que no se divulgue el procedimiento, es por tanto consciente de que está siendo utilizado.

La carta es una declaración de intenciones y deseos; se introduce en ella un cambio respecto del comportamiento de Sancho. Se le ha juzgado mal, no era su intención negociar con el vestido verde de cazador, si no acomodarle para su hija. Cierto es que en su ignorancia aspira a gobernar una ínsula, tener dineros, trasladar a Teresa Panza en coche y situarse al nivel social de la duquesa (en el moral posiblemente la supere) “la duquesa mi señora te besa mil veces las manos”. En algunas ocasiones ve la realidad y en otras sueña despierto. Dejémosle soñar, la carta es para él una salida airosa, es la expresión de un proyecto en el que tampoco cree mucho: “el rucio está bueno se te encomienda mucho y no lo pienso dejar”. Más vale pájaro en mano que ciento volando –se dice a sí mismo.
Admite que caballero y escudero son tenidos por locos y mentecatos, pero se considera al mismo tiempo colaborador de Merlín el sabio aportando su tanda de azotes. Recobra una vez más la vena diplomática al recomendar a su esposa devolver el besamanos dos mil veces a la duquesa.
El personaje representa una gran contradicción, como si no supiera cual es su lugar. Quizás a éste respecto convenga recordar dos consideraciones de Myr y Pedro Ojeda en entradas anteriores:

“Sancho, por su parte ha crecido tanto por la interacción nutricia con DQ que es capaz de grandes argumentaciones o despliegues manipulatorios”. (Myr 6 febrero 2010).

“Han dado a Sancho una responsabilidad y una posibilidad de juego mayor de la que tenía hasta ahora”. (Pedro Ojeda 4 febrero 2010).


Una vez conseguido canalizar la burla de Sancho, la representación gira hacia D. Quijote con la escenografía del mayordomo burlesco:
Música de flauta travesera y tambores cuyos portadores llevan atavíos negros como la pez, seguidos de un personaje cubierto con negra sotana alfanje sujeto al cinto que cruza su pecho y luenga barba blanca, consiguen alborotar a D. Quijote y posicionar a Sancho en otro de sus arrebatos infantiles junto a las faldas de la duquesa.
Los actuantes desarrollan otra escena que tiene como finalidad rememorar en D. Quijote su condición de caballero, para que, tal y como sucedió con la infanta Micomicona, ponga su valeroso brazo al servicio de otro personaje imaginario: la condesa de Trifalde. Tanto el escudero Trifaldin como el duque magnifican las empresas de nuestro hidalgo, que fiel a su promesa e ideales no duda en aceptar la súplica–trampa de la Dueña Dolorida, que, desde el reino de Candaya, llega a pié y en huelga de hambre, para pedir que la intervención de D. Quijote solucione su desgracia.
Aprovecha D. Quijote la solicitud de sus servicios, para mandar un recado al eclesiástico fugado, que despreció la necesidad de los caballeros andantes en el mundo.

¿Tendrá alguna relación éste asunto del eclesiástico introducido por el Autor con los altercados que Cervantes tuvo en Écija con el deán de la catedral de Sevilla?

Cuadro: Pífano con galgo de Luis Soler

jueves, 4 de febrero de 2010

Amistades peligrosas. Don Quijote. Cap. 35/2

La continuación de las desdichas de Sancho tienen en éste capítulo una introducción detallada en fondo y forma, con una descripción del escenario que nos coloca en situación de sentir las mismas emociones que tendrían los protagonistas a los que (otra vez) sobrecoge la representación, “Don quijote recibió pesadumbre y Sancho miedo” ante un Merlín muerto-vivo al que el Autor, en la misma línea que en el párrafo inicial, pone en boca unos versos con los que preparar a D. Quijote para que admita y apoye la nada desdeñable cantidad de tres mil trescientos azotes que han de propinarse a Sancho para desencantar a Dulcinea.


“¿Que tienen que ver mis cosas con los encantos?”. Se defiende Sancho con una sabia respuesta: Si Merlín el mago no es capaz de encontrar otra solución que la de azotar a un inocente, sus dotes como tal quedan en entredicho; la reflexión de Sancho, como en anteriores ocasiones es válida al día de hoy. Siempre las cosas han de solucionarse a cuenta de los mismos: “ El señor mi amo sí, que es parte suya, pues la llama a cada paso mi vida, mi alma, sustento y arrimo suyo, se puede y debe azotar por ella y hacer todas las diligencias necesarias para su desencanto. Pero ¿azotarme yo?; abernuncio”.

¿Dónde está nuestro caballero del Cap. I/IV que ante la vista del trato que el labrador daba a su criado dijo: “Estas voces son sin duda de algún menesteroso o menesterosa que han de menester mi favor y ayuda”? Ha pasado el tiempo, las circunstancias no son las mismas, D. Quijote ha cambiado y ahora piensa más en sí mismo que en los demás “Tomaros he yo y amarraros he a un árbol y no digo tres mil trescientos sino seis mil y seiscientos azotes os daré”.
Tal vez D. Miguel está mostrándonos el cambio de una sociedad (han pasado diez años) a la que le queda solamente el nombre y el afán de no perder su posición.

La ninfa-Dulcinea aleccionada por los duque o sus acólitos lanza  una ristra de maldades, insultos y desprecios contra Sancho. Y por si esto no fuera suficiente le tocan la fibra sensible: “hazlo por éste pobre caballero que a tu lado tienes”. Nos lleva la narración hasta comprender la presión a la que se somete a Sancho que ya admite la belleza de la ninfa “goce el mundo de la hermosura de la señora doña Dulcinea del Toboso, pues, según parece, al revés de lo que yo pensaba, en efecto es hermosa”; y ha de escoger entre ser vejado o renunciar al cargo de gobernador. Ni el señor Montesinos le hubiera ayudado ni Merlín le concede dos días de gracia.

No, no, no nos moverán... entonan para si mismos todos los presentes confabulados contra Sancho, víctima propiciatoria del evento, que al fin acepta (para no perderlo todo) el castigo-redentor con la condición de ser él mismo el verdugo, contar con tiempo para la penitencia y que no haya derramamiento de sangre.

 En el final del capítulo el Autor introduce como desenlace un párrafo bucólico y lleno de poesía que parece reflejar el contento y alegría de todos. A éstas alturas de la obra, los lectores tenemos un sabor agridulce al intuir que estamos ante una continuación de la farsa.