Reflexión

Cuando se tienen problemas de comprensión e ignorancia hay que resolverlos con lecturas nuevas y apropiadas. (Miguel Delibes).

martes, 26 de julio de 2011

La mujer en las leyendas de Bécquer



Habida cuenta de que para la lectura de Rimas y Leyendas no se ha establecido una secuencia previa, éste lector, sugestionado quizá por la imagen de los esculturales cuerpos que en éstas fechas ponen una nota de frescura y color en nuestras playas, ha escogido como tema para el comentario: La mujer.

La ajorca de oro.
La mujer ya no es  como Siannah  en El caudillo de las manos rojas el ideal sublime, sino una mujer  caprichosa, con hermosura casi de vértigo capaz de hacer que su enamorado cometa cualquier clase de locura;  en este caso  un robo sacrílego abortado mediante un recurso utilizado por Bécquer en otras partes de la obra y muy frecuente en la tradición popular (recordemos también la Trilogía de Esquivias) como es la animación de las estatuas que, impiden la  consumación del robo, reteniendo al ladrón de la catedral.

“¡Suya, suya!”
“El desdichado amante enloqueció”.

El monte de las ánimas.
La protagonista, queda definida como mujer fría, coqueta, indiferente, dichosa por ridiculizar a su enamorado hiriéndole en su orgullo de cazador. No hay incitación al robo como en la leyenda anterior; el amante es empujado sibilinamente a recobrar la prenda azul (color que en el amor cortes, simboliza los celos) que para él suponía “la divisa de su alma”.
La prosa de Bécquer crea un ambiente tétrico, terrorífico, que retrata a la perfección el miedo de, Alonso al verse empujado hacia el monte maldito en el que las ánimas de caballeros castellanos y clérigos con espuelas vagaban en esa noche helando la sangre del más valiente, y la angustia de Beatriz que al amanecer encuentra la fatídica banda azul  ensangrentada que el espectro de su amante muerto  por los lobos ha depositado en su aposento.
Al amanecer sus servidores la encontraron…

“Entreabierta la boca, blancos los labios, rígidos los miembros, muerta, muerta de miedo”.

El Cristo de la calavera.
Inés de Tordesillas, de gran belleza, carácter altivo y desdeñoso, podía presumir, y presumía de concentrar en su persona el mayor número de presuntos galanes de la corte suspirando sin desmayo  por una sonrisa suya.
Asistimos en esta ocasión a un relato con cierto tinte de humor no exento de sátira en el tema de la mujer. Dos amigos Alonso y Lope rivalizan por el amor de la dama, llegando a retarse en duelo
Llevados de un absurdo orgullo varonil, y considerándola propiedad, se la ceden mutuamente tras la intervención del Cristo. El guiño cómico viene al descubrir que un tercer caballero se desliza del balcón  mediante la consabida cuerda con la complacencia de la disputada dama.
Al día siguiente Inés sintió sobre sí, como siempre todas las miradas pero… esbozando un sonrisa burlona.

“Todo lo adivinó y la púrpura de la vergüenza enrojeció su frente y brilló en sus ojos una lágrima de despecho”.

No es mi deseo realizar ningún juicio de valor sobre la mujer, (sabéis que os quiero mucho) y mucho menos en sentido peyorativo,. Simplemente, apuntar  que quizá Bécquer tenía alguna razón no confesada para ofrecer una imagen de mujer que pierde a los hombres sirviéndose de la orgullosa y vieja masculinidad de estos.


Imagen: Trucos PC

miércoles, 6 de julio de 2011

El caudillo de las manos rojas

Dios Visnhú

De justicia es reconocer que el afán de corresponder a la perseverancia y paciencia que el profesor Pedro Ojeda ha tenido y tiene con este avisado lector, ha sido el impulso que le hizo asomar al mundo de la poesía, desconocido para él, salvo en pequeñas incursiones de los ya muy lejanos tiempos del bachiller.

Al abordar la lectura de las Leyendas de Bécquer, he comprendido el acierto de haber comenzado con las Rimas, “El caudillo de las manos rojas” se ve de otra manera tras la lectura de estas.

Su construcción dividida en capítulos con párrafos numerados supone la primera sorpresa, por lo que tiene de acercamiento a las estrofas. La redacción consigue el asombro del lector (no se cual sería la reacción del receptor del XIX) al presentar una serie de escenas saturadas de valor estético: auroras, ocasos, crepúsculos, aves, ruidos, pasión, amor, crimen, destrucción… Acompañados de una precisa descripción geográfica: Ganges, Himalaya, Tíbet, Benarés…
Dioses, templos, naturaleza, exotismo, vestimenta, tienen su espacio definido y preciso.

El contenido real, podría resumirse en unas líneas, pero la narración se presenta intermitente, como destellos de un faro, los sucesos quedan eclipsados por la explosión de escenarios y la ambientación amorosa de Pulo y Siannah.

Llegado al punto y final de esta leyenda el asombro del avisado lector subió de grado al comprobar que fue publicada por vez primera en 1858, por tanto Bécquer (1836 - 1870) no había cumplido todavía 23 años.

martes, 5 de julio de 2011

Libertad sin ira


Hasta la “Atalaya” -así llamaba él a su rincón de trabajo en el ático- llegaba el eco de la airada discusión entre Cris, su hija, una adolescente inmadura e insatisfecha, con quien podía hacer meses que no mantenía una conversación, cuya principal obsesión era mantener determinado aspecto físico y su esposa, responsable de una tienda de modas que trasladaba a su vida y entorno el pretendido perfeccionismo de los modelos de pasarela. La escena, normal por lo repetitiva terminó con  el dedo corazón de Cris apuntando al cielo y dirigido a su madre acompañado por el temblor de la cancela del jardín. Su esposa se enfundó de nuevo los guantes, a juego con las zapatillas y el delantal, para continuar cortando las rosas que, como cada día pondrían la única nota de color y naturalidad en la mesa familiar.
Volvió a la mesa de trabajo, un cuestionario le aguardaba pendiente de rellenar.

 - Vamos a implantar una valoración de puestos de trabajo, cada uno de Vds., deberá rellenar un  cuestionario que será analizado por un equipo de consultores externo…

La verdad es que  últimamente se encontraba apático, el mundo estaba lleno de cosas más bellas que las que hasta ahora le aportaba su estúpida vida, la sensación de haberse perdido algo, le llevó a la conclusión de que debía recuperarlo; de pronto se vio cruzando el jardín silbando no sabía qué.

 - ¿Hoy no llevas  portafolios?
 - No me hace falta. ¡Adiós!

El propietario de la tienda, cuando el cliente con aspecto de ejecutivo preguntó por él, pensó que se trataba de una de esos inspectores que de cuando en vez le arruinaban el día; el pesar se torno en gozo tras el primer saludo y así se lo hizo saber.

 - Me ha dado un buén susto.

 No se sorprendió, las motocicletas “custom” tenían gran aceptación entre gente de mediana edad.

 - Me gusta la, roja y plata, pero con respaldo y barras laterales.
 - Le colocaré unas de 32 que van de cine para ese modelo. ¿Algo más?
 - Sí. Esas empuñaduras de manillar en cuero negro con flecos.
 - En una hora lo tiene todo montado, ¡Ah! Le llenaré el depósito.

Cambió americana y corbata por chaqueta de cuero, y arrancó.

 - Inés, anúncieme a don Luis, vengo a entregarle el cuestionario.
 - ¡Martínez!, como siempre tan cumplidor, siéntese por favor. Pero… debe de haber un error esto está en blanco.
 - No hay error, tras veinte años de trabajo, nadie va a obligarme a la prueba del polígrafo. ¡Hasta nunca!

Atravesó varias veces la ciudad con el sonido del escape como música de fondo, el aire ahuyentando la vida que dejaba atrás y la libertad como único destino. Aparcó en el jardín sobre un macizo de rosas mutilado en parte y se dirigió a su “Atalaya” dispuesto a preparar una pira con todo aquello que le recordase  mundos carentes de sentido.

 - ¡Cris! Dile a tu padre, si quiere bajar a cenar, últimamente está imposible.
 - Díselo tú, está dormido sobre el maldito cuestionario.

"En la vida humana sólo unos pocos sueños se cumplen; la gran mayoría de los sueños se roncan". (Enrique Jardiel Poncela).

viernes, 1 de julio de 2011

Bécquer y la óptica emotiva


Resulta sencillo y tentador para el lector ver las Rimas a través de la  misma óptica emotiva,  que Campillo, Ferrán etc. impusieron al  preparar la primera edición; no en vano, el vaso del poeta contiene amores, desengaño y muerte. Para este “avisado lector” la dificultad reside en intentar cambiar la óptica:

Rima 46 (X) (”Los invisibles átomos del aire...”)  ese amor inexplicable, intangible puede ser la poesía.

Rima 51 (XI) (“Yo soy ardiente, yo soy morena…”)  esa mujer imposible, incorpórea, podría simbolizar la poesía.

Rima 50 (XVII) (“Hoy la tierra y los cielos me sonríen…”)  poesía y poeta se han encontrado, la poesía  llena de luz y calor su alma.

Junto a estas Rimas evanescentes con sabor a poemas de amor vemos otras con digamos un cambio de tono:

Rima 7 (XXVI) (“Voy contra mi interés al confesarlo…”)  no es posible ignorar el tono sarcástico con que se critica al poeta que, por dinero que degrada la poesía.

Rima 16 (XLII) (“Cuando me lo contaron sentí el frío…”)  reflejo de una trágica experiencia, ¿amorosa?, ¿existencial?, quizá creativa…

Rima 47 (LXV) (“Llegó la noche y no encontré un asilo…”)  el desamparo creativo continúa y  hace mella en el poeta sumido en  revueltos pensamientos. El mundo es un desierto.

No hay razón para dejar fuera de estas líneas, la celebérrima:

Rima 38 (LIII) (“Volverán las oscuras golondrinas...”) el poeta marca contrastes  y paralelismos entre la inamovible realidad del mundo, (golondrinas, madreselvas, amor) y la vivencia personal, que puede ser similar, pero nunca la misma.

Sé que puede parecer cursi terminar con las tan traídas y llevadas golondrinas; no he podido -ni querido- resistir la tentación, sirva la decisión de homenaje a la rima  que de algún modo ha colaborado para que Bécquer sea más conocido.