Reflexión

Cuando se tienen problemas de comprensión e ignorancia hay que resolverlos con lecturas nuevas y apropiadas. (Miguel Delibes).

jueves, 17 de septiembre de 2015

El toro de la Vega. La identidad. La tradición, Los localismos. La no dependencia


El tema no es nuevo. La competencia entre el hombre y el toro (al margen de la caza) en la Península Ibérica ha tenido desde antiguo partidarios y detractores. Ya a mediados del siglo XIII Alfonso X prohibió que el hombre se enfrentase a cualquier animal para combatirle por razones económicas, admitiendo no obstante el encuentro si el fin era mostrar su valor y destreza. Las fiestas, torneos, o como quiera que -con más o menos acierto- se quiera denominar siempre vivas e imprevisibles en que el toro es protagonista de un espectáculo con más defectos y brutalidades que estética, han sido y son cuestionadas por razones económicas, religiosas o de sensibilidad pero se mantienen al día de hoy.

En España, a diferencia de otros países europeos perviven costumbres creencias y actitudes de tiempos atrás -podríamos con certeza remontarnos al Medioevo- actualizadas y puestas al día en lo externo pero sin perder la esencia primitiva en lo emocional. Estos usos y costumbres se detectan con profusión en el sentido de lo religioso no sólo en recónditos pueblos, también en las ciudades. Leo en dos artículos de Antonio Muñoz Molina recogidos en La huerta del Edén[1]: “La semana Santa a parte de confirmar la evidencia de que todo rastro de laicismo público está siendo abolido en Andalucía…” (Ética del agua) y más adelante: “Si los novios (en referencia a Antonio Banderas y Melanie Griffith), como han prometido en público, vuelven por Semana Santa, lo más probable es que los alcen sobre un trono y los paseen en procesión” (El pelotazo del verano). Recordemos que Banderas ha dirigido el trono de la Virgen de las Lágrimas en las procesiones de Málaga. Creencias y actitudes que también se hallan presentes en la mal llamada Fiesta (de origen incierto) Nacional que forma parte del modo de ser español (hasta en pequeños pueblos había plazas de toros fijas o improvisadas) y expresión del primitivismo (sin connotación peyorativa) hispano heredado de una tradición que vinculaba estos festejos al sentimiento: nobleza, valor, elegancia, arte…

Tal vez debamos buscar en lo profundo de estas y otras muchas manifestaciones e identidades “tan nuestras” la razón y empecinamiento en mantener como grupo, determinadas posturas que en ocasiones no mantenemos en lo individual. El toro de la vega, hoy de plena actualidad, es una de ellas. Localismos, independencias, diferencias étnicas, religiosas, la tolerancia a inmigración y exilio, son otras más. Los enfrentamientos no se producen sólo por defender ideas, situaciones o expresiones culturales, las más de las veces orgullo y sentido de pertenencia llevan a defender la sinrazón.




[1] Ollero Ramos Editores, Madrid,1996

jueves, 10 de septiembre de 2015

Novela o diario. El tiempo incinerado: Diego Fernández Magdaleno


El tiempo incinerado que Diego Fernández Magdaleno subtitula [Diario. 2004], en opinión de Antonio Carvajal que prologa la obra debe leerse como: “novela, reitero y no diario”. El lector convencido de que El Quijote comienza en “Desocupado lector” concluye el prólogo y situado en el  comienzo hojea el libro (siempre lo hace) en busca de no sabe que comprobando la certeza del subtítulo, el formato mantiene la inmediatez de lo anotado al hilo de acontecimientos diarios. No concuerda con novela. Recordando a Rosa Navarro Durán cuando en La mirada al texto escribe: “Toda palabra cobra su sentido en su contexto; hasta que este no se completa, no pueden precisarse con nitidez sus matices. El acto indispensable previo al comentario es, pues, la lectura del texto completo”. Procede en consecuencia, lee la totalidad del texto y volviendo una y otra vez sobre algunos párrafos amén de consultar detalles biográficos de la extensa onomástica, pone el acento en responderse, más que responder, a algunas preguntas y reflexiones que El tiempo incinerado le sugiere.

Unas de orden político-social:

“¿Cómo explicarnos que personas ineptas para cualquier ejercicio intelectual mínimo, ocupen cargos de suma relevancia en diferentes instituciones?” (pp. 27-28).

Un superficial análisis subjetivo nos dará la respuesta: nosotros, a pesar de la constatación reiterada de tanta palabra y promesa incumplida, LOS ELEGIMOS y en muchas ocasiones permitimos que se mantengan en el puesto por décadas. A este respecto en la página 33 hay una sabrosa reflexión de Jacques Derrida: “Cuanto más confuso es un concepto, más fácil se muestra a la apropiación oportunista”.

Otras artísticas:

En la pág. 41 se cita una definición que Maurice Denis público en 1980, en Art et critique:

“Un cuadro, antes que un caballo de guerra, un desnudo femenino o cualquier otra anécdota, antes que un tema es, esencialmente, una superficie plana cubierta de colores distribuidos en un orden determinado”.

La definición relativiza el tema convirtiéndolo en algo secundario y prescindible para centrarse en el color y los recursos pictóricos, pero si lo que se busca es que el común de los mortales comprenda la obra es necesario mantener un orden y aquí podríamos entablar otro debate (no es el momento), sobre que es el orden. A mi juicio, la incomprensión que acompaña al expresionismo abstracto y suprematismo por poner dos ejemplos  es, justamente, la falta de orden en formas y colores y el abuso de  la uniformidad. Como ejemplo gráfico: Jackson Pollock trabajando en su estudio y  Cuadrado blanco sobre fondo blanco de Kasimir Malévich con que comienza la anotación del 29 de febrero (p. 39).
   
Y algunas obsesiones:

La música.
La obsesión por la música se justifica por sí misma en quien  ha sido director del Congreso sobre Creación Musical Contemporánea de Valladolid; presidente en España de la Asociación Europea de Profesores de Piano;  miembro de número de la Real Academia de Bellas Artes de la Purísima Concepción; director y profesor del Conservatorio de Música de Valladolid, y  Premio Nacional de Música 2010 en la modalidad de intérprete.

La muerte.
La muerte que espera agazapada tras las batas blancas, los guantes los hospitales, que no tiene nada de natural porque lo natural es vivir; que obsesiona cuando amenaza apartarnos de quien con nosotros compartió su vida.


El lector, satisfecho, recuerda lo que Fernández Magdaleno anota en la página 34 y se va con más dudas de las que traía.

jueves, 3 de septiembre de 2015

Nuestro pequeño mundo


Desayunamos cada día con una nueva entrega del drama Mediterráneo escenario del mayor de los éxodos humanos desde la segunda guerra mundial con… digamos cierta indiferencia y perspectiva de avestruz ante contratiempo. Olvidados deliberadamente  del mundo al que pertenecemos, tendemos al convencimiento de que “no  caben todos” obviando las soluciones globales que con razón reclamamos como europeos para otras cuestiones. Verdaderamente es difícil y conflictivo  instalar a todos en un solo lugar Grecia, Italia, España, (por ejemplo) pero sí pueden ser acogidos entre los 503 millones de personas que habitan en una Comunidad (UE) cuya superficie es  de cuatro millones de kilómetros cuadrados. La tan temida inmigración supone solamente una  pequeña parte del total que abandona su país de origen por miedo a guerras, hambruna, violaciones y destrucción, la mayor parte de refugiados se queda en países en vías de desarrollo como Turquía, Jordania, Irak, Egipto, unos por convicción, otros por imposibilidad económica de sufragar un viaje en patera.

La respuesta-rechazo a la migración tiene a mi juicio su origen no en  estos movimientos, sino que nace de nuestro entorno más próximo, de nosotros mismos por miedo a perder eso que llamamos nuestra libertad. El pequeño mundo de trabajo, descanso costumbres, vida social en suma, donde quema horas el reloj de nuestra vida reacciona en contra del fenómeno migratorio.

Cuando el arribo de familiares o amigos a nuestra playa es liviano en responsabilidad, o de corta duración (vacaciones compartidas o “entrañables” fiestas navideñas con cuñado recalcitrante) nos mimetizamos con la circunstancia asumiéndola como mal menor: “para eso estamos”, “lo que haga falta” -solemos decir. Veamos: si por razones económicas, de enfermedad, sociales, etc., en nuestro espacio desembarcan familiares o amigos para tiempo no mensurable; horarios, costumbres, formas, chocan en nuestro pequeño mundo como en novela de ficción y comienza en nuestro interior la instalación de alambradas y concertinas mentales. Compartir pasa a ser oneroso, convivir trabajoso y nuestro tiempo se distorsiona. Somos... solidarios a tiempo parcial.


El tema de los refugiados no es fácil. No. Y menos para ellos, pero si volvemos la vista a nuestro pasado reciente veremos que la situación de hombres mujeres y niños que pueblan hoy andenes y fronteras huyendo del hambre, la guerra y la injusticia no difiere de lo que aconteció a nuestros padres o abuelos. También ellos buscaron un lugar mejor para sí y sus familias. Vivimos -a pesar de todo- en un mundo privilegiado.  Sólo cabe la generosidad.