Reflexión

Cuando triunfó el nuevo material de escritura [el pergamino], los libros se transformaron en cuerpos habitados por palabras, pensamientos tatuados en la piel. (El infinito en un junco. Irene Vallejo).

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jueves, 5 de marzo de 2015

El luto. Entre visillos. Carmen Martín Gaite

Los acontecimientos reales, salvo excepciones, son vividos por varias personas; si los acontecimientos son sociales la simultaneidad es incuestionable. El luto externo de los años cincuenta de carga emotiva bastante discutible  por lo usual y repetido alcanzaba valor de costumbre impuesta estimada de muy diferente manera en función de: la edad, la formación cultural, o la pertenencia a grupos sociales abiertos o cerrados.

Entre visillos publicada cuando el realismo social estaba en pleno auge, no es una novela social, pero sí refleja con intención de crítica algunos usos y costumbres imperantes en la época. Uno de ellos es el luto.

Carmen Martín Gaite presenta el luto bajo varios puntos de vista. El de Lucía, viuda del director de un instituto de provincia de convicciones liberales dominada por el provincianismo, inmersa en una  preocupación por las apariencias llena de artificiosidad que intenta transmitir e imponer a sus hijos, especialmente a su hija (por ser mujer) un luto duro y tradicional en tiempo: “Elvira se levantó a echar las persianas y se acordó de que estaría por lo menos año y medio sin ir al cine”. Y forma: “Con las medias grises, la primera película. A eso se llamaba el alivio de luto”.

El mismo tema  visto desde la perspectiva de Elvira, hija del director fallecido, lo presenta bajo el inconformismo propio de un talante abierto, joven y actual al margen de convencionalismos: “Le dijo Yoni a Elvira que si la veían acompañada de dos hombres que no eran Emilio  en pleno luto la iban a criticar.
       -Que digan misa –exclamó ella con voz alegre…”.

Veamos la posible percepción del luto  a través de los ojos un niño -observador externo- de los años cincuenta.

Las abuelas, por el hecho de serlo, tenían que ir de negro y con pañuelo, sería inconcebible para él una abuela con bata de flores y sombrero a la cabeza como traían las extranjeras que bajaban del autobús a la puerta del restaurante de la plaza. Las madres –su madre- deberían de irse preparando porque ya eran mayores y así, cada cierto tiempo, cuando alguien de la familia se moría, mandaban teñir la ropa (alguna) y durante un tiempo iban de negro. Luego se ponían una blusa con flores blancas y negras, pero eso era durante poco tiempo porque enseguida se moría otro y volvían a sacar la falda y la chaqueta teñidas.

Los padres eran distintos se ponían una tira negra en la manga de la chaqueta y la gabardina y ¡ya está!, pero durante mucho tiempo ponían la radio muy bajita.

Por eso, y porque eran mayores, no jugaban con el niño y a veces lo reñían.


Todos los caminos pueden llevar a Entre visillos.  

jueves, 26 de febrero de 2015

Adolescencia. Entre visillos. Carmen Martín Gaite

Dos de los ejes sobre los que discurre la novela de Carmen Martín Gaite Entre visillos son: Natalia y Pablo Klein; un profesor que anima sus alumnas para que defiendan su intención de estudiar una carrera frente a la voluntad paterna, y les advierte de que la sumisión a la familia perjudica muchas veces, puesto que limita o anula la libertad del individuo.

Hoy  quisiera, sin olvidar este concepto, rompedor en los años cincuenta centrarme en las emociones.

“… y de pronto él en persona se nos ha puesto al lado”.

Los sentimientos que, en silencio, desde el incógnito y en una sola dirección tienen como escenario el aula de un instituto han sido, y entiendo que seguirán siendo -como tarea fácil y posiblemente rentable que es- manantial de no pocas publicaciones lacrimosas. La dificultad de expresar en un texto la dimensión de ese sentimiento unidireccional reside en narrar desde el sentimiento mismo de forma natural.

Tan natural como lo puede ser que dos compañeras al salir de clase coincidan en el camino con su profesor. Tan natural como que este les acompañe. Tan natural como que en el trayecto el diálogo comience por el instituto y derive a temas de futuro o personales.

Tan naturalmente complicado como para que se produzca una atracción emocional hacia quien enseña que hay horizontes más allá de la rigidez académica:

"… dice [el profesor] que nada más aprende el que tiene ganas y que por eso no da sobresalientes ni nada, para que el que estudie no lo haga por la nota, sino por el interés de aprender".

 y familiar:

"¿Qué hay de lo de su padre? –le pregunté- ¿Ya le deja que estudie carrera?
[…]
Si quiere hacer carrera, la tiene que hacer, convénzase de eso".

Emociones adolescentes que empujan a ese absurdo sentido del ridículo que lleva a sentirse infantil   con un bocadillo en presencia del profesor. Contar los portales en un intento de acortar el espacio que falta hasta casa para dejar de compartir con un desconocido conocido argumentos en los que tiene razón. Rechazar un café: “Que era tarde, eso le dije, que idiota soy”. En suma: perder la compañía  que deseaba mantener para una vez en el rellano de la escalera desandar el camino corriendo en su busca con la intención de recuperar el café desdeñado.

Esa etapa turbulenta, llena de irresponsabilidades y conductas de riesgo, llamada adolescencia, ese tiempo privilegiado en el que el cerebro se rediseña por completo para alcanzar una autonomía responsable precisa de cariño y entendimiento, tomar en serio sus intereses por ridículos e infantiles que parezcan. También una dosis de exigencia prudentemente administrada y diálogo, mucho diálogo.

Carmen Martín Gaite con la figura del profesor introduce ese interlocutor válido que el adolescente necesita. El padre despreocupado y dominante representa el negativo de lo que necesita la hija en esa edad difícil, a pesar de que permite que estudie en un instituto público.


jueves, 19 de febrero de 2015

España años cincuenta. Entre visillos. Carmen Martín Gaite

La obra literaria en general y la novela en particular, tienen la capacidad de intervenir mediante su discurso en la realidad social ofreciendo una panorámica de los acontecimientos que, debidamente tratada sirve  de crítica y denuncia con el valor añadido de, sin perder el carácter lúdico, aportar soluciones o al menos crear inquietud. El vehículo utilizado es en ocasiones la creación de personajes que representando formas de vida más justas y atractivas  “rompan” convencionalismos por la vía del conocimiento.

Solo adquirimos conciencia de un problema cuando sabemos que lo es y solamente desde esa percepción estaremos en disposición de buscar alternativas y soluciones.

Carmen Martín Gaite en Entre visillos presenta con este fin arquetipos femeninos y masculinos proyectándolos a través de la novela con los modelos impuestos por la moral del nacionalcatolicismo, vigentes hasta “no ha mucho tiempo” (las jóvenes generaciones pueden corroborarlo preguntando a padres o abuelos) Me permito a pesar de lo reiterativo del tema recordar que Entre visillos  se sitúa en el contexto social de los años cincuenta, es decir, en la España franquista de la segunda posguerra. Si bien  es cierto que  en los años cincuenta se produjo en comparación con la década anterior cierto aperturismo España continuaba aislada con respecto a los demás países europeos, en los que mayoritariamente se habían establecido regímenes liberales y democráticos tras la Segunda Guerra Mundial.

En este contexto de libertades reprimidas sitúa Martín Gaite a sus protagonistas, un grupo de jóvenes que viven en  una ciudad de provincias durante esos años. Como lectores somos testigos del transcurrir de su tiempo,  sabemos a qué se dedican, cuáles son sus proyectos de vida, sus concepciones, acciones y creencias y vemos en qué forma sus identidades se ven influenciadas  por la división de género de acuerdo con la moral nacional católica. Frente a la imagen de “esposa abnegada” y “reina del hogar” propuesta por el sistema ofrece Martín Gaite en esta novela personajes contratipo de los anteriores,  “diferentes”, que “rompen”, que ofrecen resistencia como Natalia, Elvira o Pablo. De ellos hablaremos en  futuras entradas.


jueves, 12 de febrero de 2015

Usos amorosos del dieciocho en España: Carmen Martín Gaite. Consecuencias lingüísticas: el piropo y otros términos.

Al menos para este lector resulta complicado manifestarse sobre una tesis que por definición es: (DRAE) “conclusión, proposición que se mantiene con razonamientos”. Por tanto: ¿qué añadir a una idea argumentada por Carmen Martín Gaite en Usos amorosos del dieciocho en España desde la parquedad de un blog como El Alfoz? Me temo que solamente dejar constancia de lo aprendido, esto. Sí es posible.

Lo aprendido a través de la lectura ha servido para  conocer en su justo término los diferentes estilos, comportamientos y costumbres asociados a las relaciones amorosas, sociales y de galantería, el tímido pero imparable comienzo de la liberación femenina y el aggiornamento de la sociedad. Hemos tenido acceso a historias desconocidas de circunstancias históricas conocidas. Valga como ejemplo la respuesta de la Inquisición (enero de 1748) al fenómeno de la poligamia:

Antonia García natural y vecina de esta Corte salió al auto con insignias de poligamia, y estando en forma de penitente se la leyó su sentencia con méritos, abjuró de levi[1], fue absuelta ad cautelam y condenada a que el día siguiente al auto saliese a la vergüenza por las calles públicas y acostumbradas y a destierro de esta villa de Madrid…

Resulta muy interesante el estudio lingüístico desarrollado a lo largo del trabajo y recogido en el epígrafe final “Conclusiones lingüísticas”, con el que Martín Gaite trata de demostrar como a través de la palabra se puede estudiar la evolución de las sociedades hacia posiciones más progresistas. En la sociedad del siglo XVIII lo extranjero irrumpió frente a lo autóctono dejando también su huella en el lenguaje. Algunas voces nuevas o adaptadas, que hoy subsisten aun con significados antagónicos a su origen, suponen la constatación de como la sociedad rompía con las formas tradicionales.

Haciendo mutis por el foro del academicismo entiendo prudente suavizar el comentario utilizando citas de “Conclusiones lingüísticas” para poner un poco de alegría callejera en esta entrada.

El adjetivo macizo es muy revelador –dice Martín Gaite- Macizo, torpe o desmañado era tenido como una ofensa al buen gusto. Hoy “macizo es tenido en argot como “tío que esta como un tren”, un hombre deseable y deseado.

La mujer melindrosa enseñaba entre arrumacos lo que luego no daba. Exhalaban fragancia pero no daban fruto. El adjetivo, decadente en cuanto al uso viene a significar hoy (continúo en argot) una tía estrecha, una mujer poco asequible.

De plena vigencia e igual significado es la palabra mono que de su acepción de simio pasó -y hoy perdura- a lindo, bonito, gracioso. A este respecto recoge Carmen Martín Gaite la cita de un marido genovés: necesitan un galán, un perro o un mono equiparando la compañía a la de “aquellos seres miméticos y afeminados que consagran su vida a las damas. También la palabra mimo –hoy con igual significado- pasó de actor  que se expresa mediante gestos   a sinónimo de cariño.

De la necesidad o el hábito de hacer mimos a la dama y significar lo linda (mona) que iba: se fue cuajando el piropo con el recurso del espejo. En este contexto y, asumiendo el riesgo de ser tildado de poco progre, anticuado y quién sabe si de antifeminista (apreciación esta que estoy dispuesto a discutir) me atrevo a citar uno de nuestros -hoy tan denostados- piropos. Si le pronunciamos "de corrido" y con una pizca de casticismo, resulta a mi juicio hasta “grasioso”:

Bendito sea el tendero que vendió a tu madre la primera papilla que tomó tu boquita de clavel ¡¡Preciosa!!

Posteriormente, del verbo majar (machacar, hacer un majano) o quién sabe si del término maxo (de Lanzarote y Fuerteventura)  nació el vocablo majo con el  sentido figurado de impertinente. Pero  esto es ya: “harina de otro costal”.





[1] Abjuración  para los que sólo había una ligera sospecha de herejía; por ejemplo: bígamos, blasfemos, impostores, etc.

jueves, 5 de febrero de 2015

El advenimiento de la plebe. Usos amorosos del dieciocho en España: Carmen Martín Gaite

Tal vez, como acto reflejo ajeno a nuestra voluntad, cuando tomamos contacto con narraciones sobre usos y costumbres de la alta sociedad, de la nobleza (valga partir del XVIII), nuestro sentido crítico se agudiza; nos ponemos en guardia y una pregunta surge espontánea: ¿Y las clases inferiores qué?

Y es que ha sido necesario mucho tiempo para llegar a la –aun incompleta- igualdad social de hoy. De hecho, hasta bien entrado el siglo XX pese a los esfuerzos da no pocas publicaciones, la novela social y los recién llegados (1975) partidos políticos, por cierto hoy tan cuestionados, los términos libertad, igualdad eran solo un deseo de las clases inferiores, de la plebe, que, en cualquier tiempo, sin pompa y normalmente en  circunstancias adversas ha de luchar para ser escuchada.

Carmen Martín Gaite de la que tanto aprendemos a través de Usos amorosos del dieciocho en España, pone de manifiesto que ya en el XVIII las clases inferiores contaban: el tema es menor y si se quiere de costumbre, pero deja sentado el advenimiento de la plebe: “damas de alto rango se atrevieron a romper esa costumbre y salieron por las calles de Madrid con basquiñas de color púrpura y de otros colore vivos” –afirma Martín Gaite. Fue la reacción popular la que puso coto a la transgresión de tan impía costumbre y una orden real prohibió el uso de las basquiñas que no fueran negras. El asunto como dije es menor, costumbrista, pero política y socialmente muy interesante. La voluntad popular prevaleció sobre el criterio de la nobleza que, acostumbrada a imponer modelos de comportamiento hubo de admitir la crítica de las clases inferiores hacia sus privilegios.

Situaciones como esta –que no hechos aislados- aparentemente de poco calado repercutieron también en el ámbito doméstico. El trato duro que el cortejo infería a los servidores simplemente por moda, los caprichos de las señoras, el trato injusto en suma, no solo no se soportará igual, sino que habrán de someterse a crítica las veleidades sociales de damas y caballeros. Curiosamente se produce casi en paralelo, tal vez por cansancio, por aburrimiento o porque las clases medias lo hicieron obsoleto, un cambio de comportamiento en las clases altas que en no mucho tiempo se mimetiza con los de las inferiores y quieren ahora ser “majos” (expresión muy usual en Burgos). En cierto modo es comprensible: aquellas se rigen por caprichos, estas por necesidades.



jueves, 29 de enero de 2015

Cortejos, Petimetres y Majos. Usos amorosos del dieciocho en España. Carmen Martín Gaite


La lucha con los mamelucos (fragmento) D. Francisco de Goya y Lucientes

Uno de los principios por los que el cortejo del siglo XIII había de regirse era el de combatir el aburrimiento, cuya consecuencia, entre otras pasaba por dar conversación a la dama. Carmen Martín Gaite comenta en Usos amorosos del dieciocho en España que: “estas conversaciones se caracterizaban, en general, por una total inconsistencia” y también que: “en vez de facilitarles (a las damas) el acceso al mundo de la cultura, contribuía por el contrario a entontecer a los hombres”. El detalle no es baladí; tengamos en cuenta que entre las condiciones a cumplir por el acompañante, cortejo o petimetre para ser más exactos, estaba la de despreciar el estudio que podía ser un obstáculo en su afán de triunfo social y le restarle un tiempo que debía dedicar a las visitas de sociedad. Esta figura se halla perfectamente definida por José Cadalso en la Carta VII de sus Cartas marruecas: “…mostraba en él todos los requisitos naturales de un perfecto orador; pero de los artificiales, esto es, de los que enseña el arte por medio del estudio, no se hallaba uno siquiera”.    Se da por tanto la paradoja de que el impulsor y mantenedor de la moda (hombre, varón, macho), culturalmente superficial, rico, viajero, bailarín y civilizado resultaba entontecido (valga también afeminado) por la mujer.

Frente a esta figura, contraria al concepto de valor, disposición para  lances, peleas y enfrentamientos atribuidos hasta entonces al hombre español, surgió en las capas inferiores de la sociedad (no entro en su oportunidad o no), la contrafigura del “majo”. Contemplado de ordinario desde una óptica folclórica el majo, reflejo en tono opuesto del petimetre, defendía los valores considerados tradicionales gustando transmitir el odio a lo extranjero  como salvaguarda de la esencia y espíritu patrio. A la luz de Usos amorosos me gustaría acercarme a otra faceta del personaje. Pienso que esa reacción de defensa –tal vez un tanto xenófoba- contra la otra clase, sirvió en cierto modo de punto de apoyo contra lo francés con repercusiones significativas.

Para contextualizar la idea, recordemos que, el pueblo llano, mantenido en la ignorancia de los acontecimientos franceses y todo lo que sonara a Revolución, juzgaba solo el descaro  de los signos externos ajeno a cuanto ocurría tras los Pirineos en actitud piadosa, sumisa y satisfecha según se desprende de las palabras de Carlos IV: “El pueblo español es bueno, amable y apacible”, pero en los sectores menos permisivos el recelo seguía latente. Tras la muerte de Luís XVI de Francia y alentado por la noticia del suplicio del rey -primo de Carlos IV- publicada en dos periódicos de la época: La Gaceta de Madrid y Mercurio, el pueblo reacciona sorprendentemente  y todo lo que recordara a la Revolución es despreciado. En Madrid algunas señoras peinadas a la moda francesa fueron abucheadas y tuvieron que soltarse el pelo.

Así las cosas, mientras cortejos y petimetres malgastaban tiempo y hacienda en ostentación, el advenimiento de los “majos”, bien pudo ser el principio de una falta de conformidad con el estado de las cosas, un comienzo de rebelión en la sombra consecuencia del proceder de aristocracia y burguesía. La preparación del caldo propicio de cultivo para lo que posteriormente sería el levantamiento contra la ocupación francesa. En suma algo muy actual como tantas veces en la historia: el pueblo contra el sistema impuesto establecido.

Es otro modo de sacar partido a Usos amorosos del dieciocho en España.  


jueves, 22 de enero de 2015

Sed de diversión. Usos amorosos del dieciocho en España. Carmen Martín Gaite


Cuando en una tertulia surge el tema de la Historia, la Lengua o la Literatura, tan relacionadas todas, ocurre como cuando de programas de televisión se discute: todos vemos “La 2”. Creo que no es aventurado pensar que –haciendo abstracción del mundo universitario- es con el paso del tiempo cuando la Historia va sumando valor en nuestras vidas. A medida que profundizamos con y en ella descubrimos que si bien cualquier tiempo pasado fue anterior y distinto del actual (la frase la tomo de  Perogrullo). Hay multitud de paralelismos entre pasado y presente. Y algo de esto hemos querido entender al leer a Carmen Martín Gaite en Usos amorosos del dieciocho en España.

En el Siglo de la Luces la relación dama-cortejo debía de brillar por su inocencia; era lo establecido. Si así no fuera, el marido estaba obligado a mostrar fe y confianza en la esposa para no quedar en ridículo. Hoy, normas sociales mucho más abiertas hacen que hombre y mujer se relacionen con libertad y compartan decisiones pero las crisis persisten. Si nos paramos a pensar y contemplamos nuestro entorno veremos que en ambos sexos hay mucho silencio obligado para que la apariencia permanezca y, por qué no, por miedo al “qué dirán” que no es más que otra versión del ridículo.


Carmen Martín Gaite nos obliga a reflexionar cuando afirma que no es que en el XVII la mujer se aburriera, sino que en el XVIII se había dado cuenta de ello; que tenía sed de diversión, que los cánones establecidos no satisfacían sus necesidades más elementales. Por ello se lanzó con toda razón y justicia contra el adoctrinamiento y los caprichos del marido que se ocupaba de preparar para su esposa un estrado donde rodeada de sus criadas se entregara a labores de bordado. En Francia la mujer casada presidía ya entonces salones literarios. El ocio de la mujer española basado en la reclusión aumentó la sed de diversión. Hoy la sed podría ser de libertad e igualdad.

jueves, 15 de enero de 2015

Apunte para una lectura: Usos amorosos del dieciocho en España, de Carmen Martín Gaite


El concepto “pareja” de los siglos XVII y XVIII, no resulta fácilmente asimilable en el XXI. En principio el matrimonio se fundamentaba en la concordancia de clase y prestigio y las uniones de conveniencia eran lo más usual, en gran parte de los casos las necesidades financieras provocaban uniones entre diferentes clases no por amor sino en busca de mejor situación económica o social. Mayoritariamente el enlace tenía como objetivo la descendencia, crear una familia y la perpetuación del apellido; suegros y padres conservaban cierta potestad sobre la nueva célula familiar en función del dinero aportado (dote), en esencia se independizaban solo físicamente en un domicilio diferente.

Hasta el siglo XVII la casa suponía un reducto reservado exclusivamente a la familia estanco a la vida exterior donde la mujer, a los efectos, era la reina de su jaula; este detalle me parece importante por cuanto que en el XVIII las costumbres cambian, se recibe a los amigos en el hogar, se conciertan tertulias en casa y la mujer sale de paseo, el maestro de música, el peluquero mantienen encuentros a solas con las damas, la apariencia física, las modas y la ostentación, favorecen la presencia en casa de hombres ajenos al entorno familiar hasta entonces casi sagrado preparándose de este modo el camino hacia El Cortejo: mezcla de  acompañante, amigo o enamorado.

El cortejo, moda de origen italiano y francés consistía en dotar a una mujer casada de compañía masculina para suplir al esposo cuando por razones sociales o de negocio se ausentaba. Este acompañante debía asumir para con la dama ciertas obligaciones como asesorarla en el modo de vestir; asistir con ella a eventos sociales y paseos; comer con ella y acompañarla para que no estuviera sola. El cortejo (un adorno más para la dama) tenía acceso a la casa con  permiso del marido, con la condición de que su relación fuera exclusivamente social dado que en la aristocracia la virtud era una cualidad considerada incuestionable. A todos los efectos, en este peculiar mundillo tener cortejo era para la familia señal inequívoca de buena posición -al menos económica.

La burguesía como tantas veces en la historia no tardó en emular a la aristocracia haciendo suya  la costumbre de el cortejo, que pronto comenzó a degenerar, perder  prestigio y ser fuente de infidelidades y adulterios. En este contexto emergen,  entre otras muchas peculiaridades de la época, dos figuras que conoceremos, de la mano de Carmen Martín Gaite al leer Usos amorosos del dieciocho en España: El petimetre y El majo.