Reflexión

Cuando triunfó el nuevo material de escritura [el pergamino], los libros se transformaron en cuerpos habitados por palabras, pensamientos tatuados en la piel. (El infinito en un junco. Irene Vallejo).

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miércoles, 12 de febrero de 2020

COMPLEJIDAD Y SIMBOLISMO. POETA EN NUEVA YORK, RAFAEL GARCÍA LORCA



Autorretrato en Nueva York (Federico García Lorca)

Quiero pensar que una de las formas de expresar gráficamente la complejidad de Poeta en Nueva York (otra de las habilidades de Lorca fue el dibujo) es su trabajo en tinta sobre papel titulado Autorretrato en Nueva York, fechado entre 1929 y 1931, por cuanto tiene de expresión íntima y reflexión sobre lo real y lo irreal.

Cuando escribimos conscientemente o hacemos «monigotes» en una hoja (inconscientemente) proyectamos sobre el papel algo de nuestra personalidad y estado anímico. Autorretrato, ese mundo abstracto de esquinas; animales peligrosos; rascacielos con ventanales sustituidos por letras; una cabeza sin cuerpo de cara ovalada y cejas muy pobladas, en mucho se parece a: «interpretación personal, abstracción impersonal sin lugar ni tiempo» que es como Lorca definió en la entrevista concedida a La Gaceta Literaria en 1931, el libro que hoy conocemos como Poeta en Nueva York.

Nueva York para Lorca es una ciudad no menos negativa y destructora de valores, que la Metrópolis de Fritz Lang:

Óxido, fermento, tierra estremecida.
Tierra tú mismo que nadas por los números de la oficina.
¿Qué voy a Hacer? ¿Ordenar los paisajes?
¿Ordenar los amores que luego son fotografías,
que luego son pedazos de madera y bocanadas de sangre?
Oficina y denuncia
.
Una ciudad donde solo el dolor del poeta muestra el sufrimiento de los hombres desamparados incluso por la Iglesia:

Los maestros enseñan a los niños
una luz maravillosa que viene del monte;
pero lo que llega es una reunión de cloacas
donde gritan las oscuras ninfas del cólera.
[...]
El amor está en las carnes desgarradas por la sed,
en la choza diminuta que lucha contra la inundación.
Grito hacia Roma.

Pero con Lorca el tema del amor siempre está presente, con él comienza el poemario:

Allí, león, allí, furia del cielo,
te dejaré pacer en mis mejillas;
allí, caballo azul de mi locura,
pulso de nebulosa y minutero.
Tu infancia en Menton.

Con él, concluye la obra dejando atrás la ciudad del desamor y un deseo. La Habana:

Cuando llegue la luna llena iré a Santiago de Cuba,
iré a Santiago.
[...]
Y con el rosa de Romeo y Julieta
Iré a Santiago.
[...]
¡Oh cintura caliente y gota de madera!
Iré a Santiago.
Son de negros en Cuba

El lector no ha encontrado en Poeta, los personajes objetivos y en ocasiones patéticos que mostraba el mundo interior del protagonista de Romancero.


viernes, 17 de enero de 2020

LA DESEABLE ARISTOCRACIA DE LOS MEJORES. ESPAÑA INVERTEBRADA, DON JOSÉ ORTEGA Y GASSET



En algún lugar del ensayo de cuya página no puedo acordarme don José Ortega y Gasset puntualiza que: cuando habla de aristocracia no debe entenderse «lo que por descuido suele aún llamarse así», sino que debemos tomar la acepción 1 del DLE: En el mundo clásico, forma de gobierno según la cual el poder político es ejercido por los mejores. Partiendo de esta definición y portando por enseña sus tres últimas palabras, abundamos en la lectura de España invertebrada.

«Por los mejores», he ahí la cuestión. A cada nuevo plebiscito con el que los Poderes Públicos nos regalan el oído, nosotros, la escasamente rebelde masa, correspondemos eligiendo a nuestros mejores, es decir, a los menos malos de los propuestos. Ocurre que cuando «la aristocracia ha perdido sus cualidades de excelencia», nosotros, la masa, vagamos sin rumbo por las listas electorales optando por la solución que menos nos molesta, «generalizamos las objeciones», cambiando deseos por tenencias (más vale tener que desear) en vez de sustituir la aristocracia propuesta por «otra más virtuosa». Por ello, o consecuencia de, «la nación prosigue aceleradamente su trayectoria de decadencia» en tanto que nosotros, la masa –«un día, la burguesía; otro, la milicia; otro, el proletariado»– en conversaciones de sobremesa o barra de bar buscamos con ahínco eso que con notable éxito de crítica y público ha dado en llamarse un plan director que minore el previsible fracaso. Tras de cada tiempo, «suele iniciarse una nueva época histórica; el ciclo histórico se cierra y vuelve a abrirse otro. Comienza un periodo en que se va a formar una nueva aristocracia».

De alguna manera la actualidad tiene un cierto parecido con las épocas Kitra y Kali a las que alude don José y que no son particulares de nuestra, no todo lo que deseamos vertebrada España, sino que, todos los países, con las pertinentes variaciones, presentan el fenómeno recogido en la religiosidad tradicional india (flaco consuelo el nuestro).

Esperemos que el alumbramiento de una nueva aristocracia traiga bajo el brazo el pan de una nueva época Kitra.

Reflexión personal en torno al capítulo 3 ÉPOCAS KITRA Y ÉPOCAS KALI España invertebrada (segunda parte).

martes, 14 de enero de 2020

EL PARTICULARISMO DE: ESPAÑA INVERTEBRADA, DON JOSÉ ORTEGA Y GASSET



Pintura de José Garnelo Alda (Museo Naval de Madrid)

Nada más arriesgado que el intento de «poner música» a la letra con la que en 1921 don José Ortega y Gasset bajo el certero título de España invertebrada ponía de manifiesto la «grave enfermedad que [ya de antiguo] España sufre». Por tanto nos limitaremos a –entresacados del ensayo– apuntar algunos párrafos por lo que tienen de actuales e ilustrativos.

En referencia a catalanismo y el bizcaitarrismo[1] como movimientos, dice:
Ambos no otra cosa que la manifestación más acusada del estado de descomposición en que ha caído nuestro pueblo (pág. 65).

Catalanismo y bizcaitarrismo no son síntomas alarmantes por lo que en ellos hay de positivo y peculiar –la afirmación «nacionalista»– sino por lo que en ellos hay de negativo y común al gran movimiento de desintegración que empuja la vida toda de España (pág. 91).

Hablando de los Poderes Públicos:
¿Qué nos invita el Poder público a hacer mañana en entusiasta colaboración? Desde hace mucho tiempo, mucho, siglos, pretende el Poder Público que los españoles existamos no más que para que él se dé el gusto de existir (pág. 69).

Qué decir de la convivencia..., a nivel de país o estado:
La convivencia nacional es una realidad activa y dinámica, no una coexistencia pasiva y estática como el montón de piedras al borde de un camino (pág. 72).

O de gremios profesionales:
¿Es que el militar se preocupa del industrial, del intelectual, del agricultor, del obrero? Y lo mismo debe decirse del aristócrata, del industrial o del obrero respecto a las demás clases sociales. Vive cada gremio herméticamente cerrado dentro de sí mismo (pág. 74).

En estos o cualquier caso –propone– debiera de primar la tolerancia y el entendimiento:
Una nación es, a la postre, una ingente comunidad de individuos y grupos que cuentan los unos con los otros. Este contar con el prójimo no implica necesariamente simpatía hacia él (pág. 79).

Una sociedad atacada de particularismo (cito a don José pág. 80) prescinde de los demás contemplando al Poder Público como mal necesario de menguada capacidad. La consecuencia es que las instituciones que debieran unir, separan. Ello lleva al autor a preguntarse porqué «España pueblo de tan perfectos electores se obstina en no sustituir a esos perversos elegidos».

Joseph de Maistre (1753-1821), teórico, político, filósofo saboyano sostuvo que: Cada país, pueblo o nación, tiene el gobierno que se merece.

Bernard Shaw (1856-1950), dramaturgo, crítico y polemista irlandés puntualizó: La democracia es la forma de gobierno en la cual los gobernantes no pueden ser mejor que los gobernados.

André Malraux (1901-1976), novelista, aventurero y político francés modificó la frase: No es que los pueblos tengan los gobiernos que se merecen, sino que la gente tiene los gobernantes que se le parecen.

La asamblea de representación popular a la que llamamos Parlamento debiera ser, atendiendo a don José, un organismo de convivencia, entendimiento, consenso y pacto; en lugar de esto, el espectáculo que día sí día también se nos ofrece a través de los medios de comunicación viene a ser una suerte de «cancha» de enfrentamiento personal y agresivo.

A la espera de que razón y vertebración se produzcan en esta nuestra España de hoy, no tan diferente de aquella de 1921, seguimos leyendo a don José Ortega y Gasset.

Peor que tener una enfermedad es ser una enfermedad. Que una sociedad sea inmoral, tenga o contenga inmoralidad, es grave; pero que una sociedad no sea una sociedad, es mucho más grave. Pues bien: éste es nuestro caso. La sociedad española se está disociando desde hace largo tiempo porque tiene infeccionada la raíz misma de la actividad socializadora. (España invertebrada, pág. 98).



[1] Bizkaitarra: periódico nacionalista vasco editado por Sabino Arana Goiri entre 1893 y 1895

viernes, 8 de noviembre de 2019

RELEYENDO A LORCA. LA CASA DE BERNARDA ALBA, LOCURA O MUERTE



La casa de Bernarda Alba ópera del compositor y director de orquesta Miquel Ortega estrenada el 10 noviembre del 2018 en el Teatro de la Zarzuela.

Sé que Lorca siempre es actual, lo sé, pero hoy tras su relectura me lo parece más, si cabe. La casa de Bernarda Alba concluida por Lorca en junio de 1936, se estrenó en Buenos Aires en marzo de 1945. En España no subió al escenario del teatro Goya de Madrid hasta el 10 de enero de 1964.

El pasado año 2018 se cumplieron 40 años de la legalización de la píldora en España, su venta, exposición y divulgación de información sobre métodos anticonceptivos fue delito entre 1941 y 1978 y el aborto no se despenalizó hasta 1985.

Contrastar estas fechas abre camino a la reflexión sobre como con el teatro por herramienta pueden aflorarse vicios ocultos en la estructura de una sociedad hipócrita constreñida por las buenas formas de la apariencia y el «qué dirán». Hace ya 83 años con un oscurantismo galopante por telón de fondo Lorca presentó en esta obra el drama de cuatro mujeres privadas de manifestar sus impulsos emocionales y puso en evidencia que el apetito sexual femenino a pesar del tabú, ya existía.

Protagonizan la obra diecisiete mujeres, el hombre, solo un hombre, Pepe el Romano, es una sombra en el reparto. Desde el título mismo –creo– viene a proponerse un acercamiento al tema: «La casa». No Bernarda, ni las hijas ni Adela ni La Poncia, sino la casa entendida como sociedad en su conjunto.

Quiero ver otras claves:

Bernarda, a quien el lector/espectador odia antes de su aparición tras la presentación que de ella hace La Poncia (¡Mandona! ¡Dominanta!), asume el rol de las conveniencias sociales escenificando con sus hijas la situación de buena parte de aquellas mujeres españolas, magnificada con la anulación total de la libertad.

Dolor impuesto. El fallecimiento del padre lleva a la reclusión domiciliaria durante años como manifestación de luto. La madre liberada «del respeto debido» por muerte del marido toma el papel de opresora, conforme con la esclavitud de la apariencia.

Conciencia de clase y honor. Clase entendida como riqueza. Honor como imagen visible al público. Hablando de honor, en la calle una joven soltera es arrastrada y lapidada por el vecindario (mató a su hijo para ocultar su vergüenza).

No hay liberación posible, Adela, la hija menor, inicia el camino pero la andadura termina en suicidio. Josefa, la abuela, se evade por la locura.

La píldora que tal vez hubiera evitado el suicidio de Adela y la lapidación de la hija de La Librada era ciencia ficción cuando Lorca escribió La casa de Bernarda Alba.

No había otra solución: locura o muerte.

jueves, 11 de diciembre de 2014

Del recuerdo al testimonio documentado. Abordamos una nueva lectura: La sonrisa robada de José Antonio Abella


Concluimos la lectura de Nada: “Unos momentos después, la calle Aribau y Barcelona entera quedaban detrás de mí”. Y comenzamos la de La sonrisa robada:LLUEVE SOBRE FLENSBURG”.

La España de 1945 sujeta a los condicionamientos de una dictadura, no era terreno propicio para el florecimiento de libertades. Posiblemente por esto en Nada no se habla de los actos políticos o religiosos con los que el régimen intentaba hacerse presente en la ciudad europea, abierta, industrial y, culta, pero… conquistada al fin. Ni se habla de la  Falange ni aparece ningún personaje falangista. Tampoco se utiliza un vocabulario oficial franquista, ni los nombres franquistas de las calles de Barcelona. No hay referencias al clima de represión política en la Universidad ni a las persecuciones y seguimientos diarios de los disidentes, ni a la situación de otro mundo que no sea el entorno burgués decadente o no en el que se desenvuelve Andrea. Todo esto nos lleva a otra nueva conclusión: estamos ante una obra políticamente muy bien estructurada. Acudiendo a la biografía resulta interesante recordar que Manuel Cerezales, crítico y periodista literario, con quien posteriormente contrae matrimonio, anima a Carmen Laforet, tras leer el borrador de Nada, para que se presente a la primera convocatoria del Premio Nadal que como es sabido gana en 1945. Entra dentro de la lógica, además de ser habitual, que el autor someta su obra a la consideración de otro profesional y/o editor que ayude en la adaptación. Por tanto, con tutoría o sin ella, Nada tiene garantizado un lugar preferente en el estudio de la novela española.



Del recuerdo en Nada, pasaremos, por lo que se desprende de las referencias recogidas a vivir, a través del testimonio documentado de Abella, episodios de la Segunda Guerra Mundial, desde una óptica diferente a la  acostumbrada  con La sonrisa robada.



¡Comencemos!

jueves, 4 de diciembre de 2014

Obstáculos. Nada, Carmen Laforet

Estación Rosa de Lima (Burgos)

 -Parte sí, pero todo… Todo, no.

Sabía que  el maldito despertador atrasaba siete minutos y también  que era más eficaz en su misión si le programaba en buzzer; la función radio es menos agresiva, propicia esos –como ocurriera hoy- intervalos de espera en posición horizontal antes de levantarse oyendo sin prestar atención a lo que se oye. Tampoco preparó el neceser, ni la ropa, pero, total son cuatro cosas -¡Para un día!
Lo peor fue que el maldito bolso de cabina se empeñaba en no aparecer y no quería llevar el trolley.  -¡Es un trasto!

 -Llamaré a un taxi. Mejor lo tomo abajo. Esta calle es muy céntrica, en el tiempo de llamar termino de vestirme.
 -Todo, no. Todo no puede ser culpa mía. ¿Dónde diablos están hoy los taxis?
 -¡Por fin! ¡Taxi! ¡Taxi!... A la estación de ferrocarril ¡rápido!
 -No se preocupe llegaremos.

No quería echar leña al fuego, y calló. Habría ido mejor por el bulevar. Seguramente intentaba alargar el trayecto, lo que les importa a estos es que el taxímetro suba. Tenía claro que no llegaba a tiempo. Por el billete no había de preocuparse, tenía un abono mensual.
El taxi inesperadamente paró. La maraña boscosa, a veces no nos deja ver los árboles.

 -Ya estamos. Por el bulevar hubiéramos pillado obras. Son cuatro cincuenta.
-Quédese el cambio. ¡Gracias!
 -A usted. ¡Buen viaje!

Al fin los obstáculos se habían salvado, le sobraban tres minutos, la culpa fue del agitado día anterior. Lo del “mal de ojo” es una tontería, pero las fuerzas del sino le había sido adversas, no hay duda. Haría el trayecto leyendo, Nada estaba allí desde la semana pasada. Tendría tiempo sobrado para terminar la lectura.

 -¡El móvil! ¡Me he dejado el móvil! ¡Mejor! Bien pensado hace unos años no sabíamos que existía y vivíamos igual. De cualquier modo ya no tiene solución.

Por megafonía anunciaron la salida y el reptil mecánico presto a la orden, primero lentamente, luego a gran velocidad comenzó a deslizarse disciplinado por el camino paralelo que le habían marcado. Asociación de ideas. El tren de Andrea, era con seguridad, menos rápido y más ruidoso, pensó en Nada, en Andrea, en los obstáculos  que tras abandonar la estación salieron al encuentro de la protagonista.

Moral represiva
La iniciación de una muchacha que llega a la gran ciudad con dieciocho años resulta un tanto desesperante. Tía Angustias aparece dispuesta a exigir un cumplimiento escrupuloso de sus órdenes y a controlar los movimientos de Andrea. Esta mujer frustrada ve en la ciudad un infierno del que ella debe salvar a su sobrina Representa la moral represiva, el orden disciplinario, pero también la falsa moralidad de la sociedad biempensante. Cuando tía Angustias decide marcharse, Andrea ve su liberación.

Hambre
Provocado en gran parte por su proceder infantil e inmaduro, el hambre, atroz que padece en la segunda parte llega a desequilibrar a Andrea no solo por el problema físico de la inanición; psicológicamente, su penuria contrasta con la abundancia de la familia de Ena y el derroche de la fiesta de Pons. Las dos situaciones conjuntadas llegan a convertirse en obstáculo insufrible.

Desengaños
Andrea siente asco cuando Gerardo importuno y paternalista, con quien se había citado, no pierde la oportunidad de besarla. Pons compañero de universidad,  le sirve de enlace con un grupo de jóvenes bohemios que se reúnen en el estudio de Guíxols; le proporciona la sugestión de un cortejo invitándole a un baile para, en el mismo, rodeado de gente de su clase, ignorarla tal vez por su pobreza, por su aspecto. A este nuevo obstáculo de la decepción amorosa,  se suman la relación de  Ena con Román y la de este con la madre de Ena. Andrea vaga a la deriva por los empujes que reciba de una y otra parte.

El tren acortaba distancias difuminando paisajes y objetos en razón directa a su velocidad. La mañana era fresca, la ventanilla lloraba las diferencias de temperatura. En estas meditaciones se le había ido parte del trayecto, sacó el marca páginas de su alojamiento: Tercera parte.

 –Me dará tiempo a terminar la novela –pensó.

“Cuando estuvimos frente a frente en el café, en el momento de sentarnos, aún era yo la criatura encogida y amargada a quien le habían roto un sueño. Luego me fue invadiendo el deseo de oír lo que la madre de Ena, de un momento a otro, iba a decirme. Me olvidé de mí, y al fin encontré la paz”.

Andrea está ya cansada de vivir entre los  dos mundos en que se había convertido su vida. Ha traspasado el umbral de la inocencia, empieza a comprender, a moderar sus entusiasmos.

“El aire  de la mañana estimulaba. El suelo aparecía mojado con el rocío de la noche. Antes de entrar en el auto alcé los ojos hacia la casa en la que había vivido un año. Los primeros rayos de sol chocaban contra sus ventanas. Unos momentos después, la calle Aribau y Barcelona entera quedaban detrás de mí”.

Sumido en estas reflexiones el viajero apenas se percató de como el sol de la mañana reflejado en la  pérgola de la estación, parecía  hacer guiños de cita al reptil mecánico que supuestamente halagado por ello o por otra perentoria necesidad iba disminuyendo su marcha. Solo cuando se detuvo devolvió Nada a su lugar en el bolso y se dirigió a la cafetería.


 -Un café con leche y un croissant, ¡Por favor!


jueves, 27 de noviembre de 2014

Andrea narradora. Nada, Carmen Laforet


Cuando como lectores tomamos contacto con una nueva novela, determinadas neuronas nuestras, sensibles al estímulo recibido se interrelacionan para elaborar una respuesta sobre la información recibida. Tras el correspondiente proceso, comenzamos a “fabricar” un concepto sobre la obra. Dicho sin tanta parafernalia: empezamos a opinar centrados en un tema concreto. Algo de todo esto debió acontecer tras la anterior entrada sobre Nada de Carmen Laforet y el complejo proceso de resultados simples, se centró en la novela desde la perspectiva de la narradora.
La imagen que proyecta Andrea narradora sobre nosotros es la de un grupo de personas cuya vida es un infierno obligadas por la escasez a convivir en el mismo espacio y  cada una con sus secretos que aumentan la discordia. Las relaciones humanas y en definitiva su vida, son poco o nada gratificantes para el conjunto.
Andrea es narradora única, por lo que al lector se le impone –excepción hecha de  sus propias conclusiones- un solo punto de vista: el de la inexperta Andrea que recuerda y analiza situaciones de un pasado próximo, la mayor parte de las impresiones, emociones o decepciones que recibimos son las suyas. También lo es el concepto que tiene de las personas y del entorno en el que se mueve. Presenta la casa, sujeto importante en la novela, como un mundo aparte sustentado en principio por la bondad de una adorable viejecita (la abuela) que, en las páginas finales resulta culpada por sus hijas del suicidio de Román.
-Le malcriaste. Recuerda que le malcriabas, mamá. Así ha terminado.
-Siempre fue usted injusta, mamá. Siempre prefirió usted a sus hijos varones. ¿Se da cuenta de que tiene usted la culpa  de este final?
-A nosotras no nos has querido nunca, mamá. Nos has despreciado. Nos has humillado.
Con este diálogo sobrecogedor en torno a la muerte de Román la narradora pone el énfasis en una madre demasiado indulgente con sus hijos que enlaza  con la visión que  Andrea  transmite de la casa al comienzo de la novela: un mundo anormal lleno de tensiones. De un lado podríamos pensar que el inesperado mensaje puesto en boca de sus tías a las que apenas llega a conocer se asienta en que generosidad y perdón mal entendidos pueden ser causa de la decadencia de valores en la familia. De otro, que la introducción del suicidio sea una pincelada romántica: una muerte por amor (o por despecho).
Andrea narradora no  entra en análisis o valoraciones,  hace madurar a Andrea narrada.  Que pierda la ingenuidad inicial y oculte datos no interesantes de su pasado. Es huérfana, pero nada dice de la muerte de sus padres. De su estancia en Barcelona extrae la sabiduría del hambre y  la pobreza. Llega desde un pequeño pueblo en el que ha estado durante dos años. Ha cursado el bachillerato en un colegio de monjas, donde ha permanecido durante casi toda la guerra. Andrea narrada, desde un vacío desolador marcha en busca de una vida nueva, de liberación.



jueves, 20 de noviembre de 2014

Monólogo. Nada, Carmen Laforet


  -La noche, por esa multitud de extrañas razones que nuestro subconsciente guarda, no fue muy propicia al descanso y, como siempre ocurre, cuando  la ciudad despertaba envuelta en una “pertinaz[1]” niebla, Morfeo me envolvió en ese agradable sopor del duerme-vela que como siempre ocurre, pone broche a una noche insomne. La “pertinaz”, consciente de que había de engendrar una tarde de paseo se batió en retirada. Los árboles lucían orgullosos ese amarillo que les es propio a final del otoño. La opción, dado lo temprano de la hora solo podía ser una: tras el desayuno, olvidar el coche y hacer el trayecto estrenando la alfombra amarilla del parque mientras pensaba algo para el blog sobre Nada y Carmen Laforet o viceversa.

  -Lo primero que me vino a la mente fue el momento histórico: 1944 y la censura que curiosamente no puso especiales reparos a la obra, aunque fue interpretada de manera muy distinta por los dos censores que la revisaron. Uno de ellos la consideró una “novela insulsa, sin estilo ni valor literario alguno”. Al otro le pareció una “narración inmoral y contraria a la doctrina de la Iglesia”. Los sectores más reaccionarios del régimen la criticaron ásperamente porque no encajaba con la ideología del nacionalcatolicismo. Eran los tiempos del lenguaje oficial grandilocuente y tal vez, la precisión y sencillez de un modo de expresión desprovisto de énfasis le otorgó singular éxito no solo de  público sino también el reconocimiento de gran parte de los intelectuales del periodo, incluidos los exiliados.

  -Habrá que atender al criterio de Carmen Laforet –pensé mientras caminaba- y olvidar el tan traído y llevado tema de la autobiografía. Claro que -seguía pensando- Nada, tiene influencias de las corrientes de pensamiento y tendencias literarias de su tiempo, pero Laforet  no entiende la novela como un instrumento de crítica y denuncia de las injusticias sociales y sí como  reflejo de la realidad inmediata.   Sus personajes viven en conflicto con la sociedad, pero buscan una solución individual a su vida, sin ninguna pretensión de transformar el mundo.

  -La mullida alfombra amarilla  se hacía más tenue por momentos mientras pensaba en la  historia de lugares y personas que rodearon a Andrea desde octubre de 1939 a septiembre de 1940. La casa representa el pasado, en ella pervive  la violencia, los personajes que obligados la habitan dependen unos de otros y Andrea es mudo testigo de todo. La Universidad es el apetecido futuro, el espacio liberador, donde Andrea hace nuevos amigos y puede moverse en libertad.  Vía Layetana donde viven Ena y Jaime, el estudio de Guíxols y la mansión de Pons, alivian el enclaustramiento que supone la casa de Aribau.

  -Dos perros corren felices entre la ingravidez de las hojas que ellos mismos provocan saltando. La verja del parque cierra el monólogo, al otro lado de la calle en la cafetería, Ana, como cada día me espera para tomar el primer café de la mañana antes de comenzar el trabajo.

  -El tema de Andrea narradora también es interesante. Tal vez la próxima semana.



[1] Reminiscencia de la época (1939-1940) en la que se desarrolla Nada

jueves, 13 de noviembre de 2014

Dificultades en el último momento. Nada, Carmen Laforet


“Por dificultades en el último momento”[1] hube de acarrear con los volúmenes recogidos el día anterior de la Biblioteca Pública. Hasta aquí, salvo el superior peso de la mochila todo normal, el problema, si así puede llamarse, vino cuando apenas traspasado el arco de seguridad de la entrada en la Biblioteca Central, el maléfico artefacto me denunció como “non grato”, y como “no podía ser de otra manera” (perdón por  utilizar esta frase tan correcta políticamente) todas las miradas convergieron en quien esto escribe.

  -¿Llevas algún libro de la Pública? Preguntó aliviando la situación una agradable voz femenina
  -Sí, dos que no tuve tiempo de dejar en casa.
  -No te preocupes ocurre a veces, lo curioso es que los de aquí, no activan la alarma de allí. Déjamelos un  momento y los desactivamos, no hay más problema.
  -Toma, gracias.
  -¡Anda! La novela social española ¿Estás con Nada de Laforet? (el Club se reúne en la sala B de la Biblioteca Central UBU)
  -Sí, pero no. Estos son para otro trabajo, ya te dije: me olvide de dejarlos en casa.
  -Os sigo cuando puedo y tengo la novela en casa, en pasta dura de color azul. ¡Debe tener unos años!
  -A pesar del tiempo se lee muy bien y no ha perdido atractivo.
  -Por eso te pregunté al ver los libros sobre la novela social
  -Quizás esta primera novela de Laforet podría encuadrarse como un anticipo de la novela social, no sé. Para el lector, el mundo cerrado de la casa de Aribau constituye un espacio aparte de la vida que transcurre fuera y la protagonista, Andrea, personifica el contraste entre la vida de la casa y la que ella lleva.
  -Cuándo la escribió era muy joven ¿No?
  -En 1944 tenía 23 años, ganó con Nada el  Premio Nadal, en 1945 y el Fastenrath en 1948. En 1946 contrajo matrimonio con Manuel Cerezales y decidió dedicar los años siguientes a su familia. En este dato tenemos una muestra de la posición de la mujer (y hablamos de una escritora) en la sociedad del momento.  En 1944 el Régimen, a través de la Sección Femenina, catequizaba en colegios e institutos la minoría intelectual de la mujer frente al varón. Las novelas de consumo femenino las protagonizaban muchachas temerosas de Dios y románticas que conocían a un caballero con el que acababan casándose. Carmen Laforet, junto a Pascual Duarte, de Cela renovaron aquella literatura de posguerra.
  -Yo creo que, en esa época, y tan joven, tal vez lo que hizo fue recoger retazos de su propia vida. ¿No crees?
  -No lo sé, esa es una de las eternas preguntas: autobiografía o motivación. No debemos olvidar el entorno histórico, dado que la novela comienza con la llegada de  la protagonista a Barcelona pocos meses después de finalizada la Guerra Civil española y cuando a principios de 1945  recibe el premio Nadal, la guerra, primero en Europa y luego en Asia, estaba a punto de terminar. Nada es la primera novela española que se sitúa en el marco coetáneo, de la posguerra, refleja la realidad inmediata sin idealizarla, con realismo y -esta es otra de las preguntas- no sabemos si con intencionalidad crítica, Carmen Laforet no se ha manifestado en este sentido.  De cualquier forma, el contexto histórico es sólo un marco borroso al que se alude muy poco. A Laforet le interesa más el microcosmos de sus personajes y su drama humano, que la problemática social en la que están inmersos.
  -Perdona pero tengo que volver “al curro”. Me reclaman
  -Ha sido un placer. La próxima vez de una u otra manera conseguiré que el maléfico artefacto vuelva a delatarme. Gracias. ¡Hasta otro día!





[1] Nada (primera parte, I)

viernes, 7 de noviembre de 2014

Doble personalidad. El Quijote apócrifo, Alonso Fernández de Avellaneda


Al tratarse el Quijote apócrifo de una continuación, necesariamente, muchas de sus características en cuanto a concepción y estilo, deben de mantenerse, ya que personajes y  raíz de la obra por ejemplo, vienen impuestos desde la primera parte del Auténtico. Por eso, llama la atención del lector la eliminación de Dulcinea del Toboso. Sabido es que caballero que se precie, debe tener una dama a quien ofrecer sus aventuras como consta en los libros de caballería.

Profundizando algo más y contrastando como venimos haciendo ambas obras vemos que el don Quijote cervantino presenta una locura de doble personalidad (Valdovinos; I, cap. V o Reinaldos de Montalbán; I cap. VII) hasta el capítulo VII de la primera parte. A partir de esta el recurso de la doble personalidad muy socorrido en temas de locura queda abandonado y don Quijote será solo don Quijote. Del mismo modo en el entorno de esos primeros capítulos el don Quijote de Cervantes hace gala de alusiones al Romancero que también olvidará. Avellaneda por el contrario, continua con un protagonista loco y con desdoblamientos de la personalidad a lo largo de toda la obra, y exaltando la fantasía de don Quijote acudiendo a figuras y episodios del Romancero; valga como ejemplo el episodio del melonero (cap. VI) en el que nuestro apócrifo  protagonista  recita romances de rey don Sancho se cree herido por Vellido de Olfos y convierte a Sancho en Diego Ordóñez. Avellaneda quiere mantener a don Quijote simplemente como loco y a Sancho como tragón para contrarrestar la avalancha cervantina. 


Nada hay nada al azar por tanto en el Segvndo tomo del ingenioso hidalgo don Qvixote de la Mancha, compuefto por el Licenciado Alonso Fernandez de Avellaneda, natural de la Viila de Tordefillas. Era necesario rendir homenaje a esta Segunda parte en su 400 aniversario, así lo hacemos, y… su lectura da para mucho más.

jueves, 30 de octubre de 2014

Jaque mate. El Quijote apócrifo, Alonso Fernández de Avellaneda


A estas alturas -y a cualquiera otra- es incuestionable que Avellaneda se apoderó de don Quijote y Sancho haciendo de aquel un personaje abstracto, cuya vida  no creció a todo lo largo de aquella Segunda parte, y de este  un glotón rudo y pornográfico. La transformación no quedó solo ahí: ambos pasaron de una vida trashumante y campesina a urbanitas de facto.
A estas alturas -y a cualquiera otra- resulta evidente que Cervantes leyó el libro de Avellaneda y puso remedio a semejante apropiación como solo él sabía hacer, y en el capítulo LXXII de “su Quijote” en justa compensación toma posesión de Álvaro Tarfe caballero granadino invención de Avellaneda al que dota en su novela desde el primer hasta el último capítulo de especial  protagonismo  y gran afecto por don Quijote. Tan  singular maniobra, repito, solo podía hacerla alguien como Cervantes.
Recordemos como en la obra cervantina, don Quijote y Sancho ven llegar a un caballero acompañado de sus criados que le nombran como: don Álvaro Tarfe, y como don Quijote se dirige a él para reafirmar su personalidad frente a la de aquel que anda impreso en la segunda parte de la historia de Don Quijote de la Mancha, recién impresa y dada a la luz del mundo por un autor moderno (Cervantes, II, LXXII).
Y como suplica que don Álvaro haga:
Una declaración ante el alcalde deste lugar de que vuestra  merced no me ha visto en todos los días de su vida  hasta agora y de que yo no soy el don Quijote impreso en la segunda parte, ni este Sancho Panza, mi escudero, es aquel que vuestra merced conoció. (ibid)
El personaje más afín al lector del Quijote de Avellaneda, al margen  de los protagonistas, el que más empatía crea, posiblemente sea don Álvaro Tarfe, descendiente según podemos leer:
De los moros Tarfes de Granada, deudos cercanos de sus reyes y valerosos por sus personas, como se lee en las historias  de los reyes de aquel reyno, de los Abencerrajes, Zegríes, Gomeles y Mazas, que fueron christianos después que el chathólico rey Fernando ganó la insigne ciudad de Granada (Avellaneda, cap. I).
No toma por tanto Cervantes el personaje al azar para contrarrestar a Avellaneda. Don Álvaro es un personaje importante, serio, que “cae bien” al lector a pesar de su ascendencia o precisamente por ella, si tenemos en cuenta que la novela al igual que la de Cervantes dice ser la traducción al castellano de un texto árabe (Alisolán-Cide Hamete). La utilización de don Álvaro por parte de Cervantes viene a ser lo que el jaque mate en ajedrez: Cervantes toma a don Álvaro Tarfe, personaje importante creado por Avellaneda para eclipsar al don Quijote de este creación indiscutible y exclusiva de don Miguel.


jueves, 16 de octubre de 2014

La figura de Sancho. El Quijote apócrifo, Alonso Fernández de Avellaneda


La figura de Sancho en El Quijote apócrifo, presenta considerable transformación de manos de Avellaneda. Es si se quiere, como más natural, como mas acorde con el entendimiento rústico que se le supone en la obra de Cervantes, en la que gracias a la maestría del autor a pesar de encerrar en muchas ocasiones pensamientos que no corresponde a su simplicidad, la verosimilitud queda a salvo. Entre ambos Sanchos -puesto que de dos se trata- viene a ocurrir, a mi juicio, algo así como lo que sucede cuando dos personas cuentan un chiste: uno (Sancho cervantino) pretende ser gracioso y el otro sin pretenderlo, lo es. Repito: es una opinión y se admiten lógicamente opiniones en contra.

El Sancho de Avellaneda,  un tanto desastrado y tragón: ¿es posible, Sancho que no ha de auer para tí guerra, conuersación ni passatiempo que no sea de cosas de comer?, es un buen hombre, simple, y con pocas luces que resulta gracioso precisamente por sus tonterías, sus razonamientos disparatados y su incomprensión a las  insinuaciones de Bárbara la de la cuchillada. Desfigura palabras que o son demasiado cultas para su entendimiento, o no conoce: desafortunios = infortunios; castraleones = camaleones; disoluto = absoluto; desconveniente = inconveniente; ave fétrix = ave fénix. O vulgarismos como San Belorge = San Jorge. Por abundar algo más incluye en un alarde de erudición (Sancho dice haber ayudado a Misa) despropósitos latinos no muy acordes al contexto de la conversación: gloria tibi Domine; fructus ventris.

Dado que Avellaneda dota a Sancho de lo que podría definirse como “gracia natural”, merece la pena al menos una ligera reflexión sobre la celebración  que de sus ocurrencias   hacen personas calificadas de importantes en la obra, que hoy puede parecernos pueril, pero situados en la época es perfectamente verosímil porque en concepto de humor era absolutamente diferente al de  nuestros días. Para los principales que disfrutan con su conversación, Sancho es un hombre zafio y tosco que divierte por ser quien es y como es. En opinión de algunos estudiosos: "Sancho personifica el desprecio que Avellaneda sentía por el ruralismo del pueblo español". Si así fuera -que bien pudiera ser- he encontrado en estas observaciones una razón más para leer, contrastando con el auténtico, El Quijote apócrifo.

jueves, 9 de octubre de 2014

Segar hierba de prado ajeno. El Quijote apócrifo, Alonso Fernández de Avellaneda


 
Sin rubor alguno he de confesar que la presente lectura tiene un valor añadido que ya apuntaba en la entrada anterior: “no solo se presta sino que resulta obligado hacer un contraste con El Quijote de Cervantes". Y es por ello, que sin renunciar al disfrute con las mil y una peripecias de la “otra segunda parte”, en la que los mismos personajes se comportan de modo diferente. Sin renunciar a ello, la conversación en la venta (capítulo LIX segunda parte de Cervantes) entre don Gerónimo y don Juan cuando don Quijote y Sancho oyen en la habitación contigua: el que huviere leýdo la primera parte de la historia de don Quixote de la Mancha no es posible que tenga gusto de leer esta segunda; me perece crucial no solo por lo que supone de clara denuncia en ella de  Cervantes a Avellaneda, sino por lo que representa, a la luz de dos temas fundamentales: la situación por la que estaba pasando don Miguel al conocer la existencia de “otra segunda parte”,  y la sutileza  e ingenio que muestra en estas líneas llenas de intencionalidad reprensiva.

No por sabido debemos dejar de mencionar como Avellaneda insulta despiadadamente a Cervantes haciendo alusión a su vejez y su herida en Lepanto (soldado viejo), a su condición envidiosa y murmuradora, y lo presenta como marido consentido. Abunda también en  una nota irónica diciendo que: disculpa los hierros de su primera parte al averse escrito entre los muros de una cárcel. En suma todo un rosario de alabanzas.

¿Concibió Avellaneda este trabajo por despecho? O lo hizo por dinero. Es evidente que  las  relaciones entre ambos no eran precisamente cordiales y aquel bien pudiera ser un motivo. En el terreno económico, sabido es que, Cervantes tuvo considerable éxito de difusión en su primera parte pero no está tan claro que el económico fuera parejo. Sea como fuere si bien Cervantes se demoró en extremo en la edición de su segunda, parte quien segó hierba de prado ajeno fue Avellaneda -aunque el hecho fuera frecuente.

jueves, 2 de octubre de 2014

Variaciones sobre un mismo tema. El Quijote apócrifo, Alonso Fernández de Avellaneda


El hombre de La Mancha» Paloma San Basilio y José Sacristán 

Al ser  el tal Avellaneda el escritor que continua la primera parte cervantina, hecho por otra parte frecuente en la literatura medieval que tuvo  continuación en los libros de caballería como él mismo justifica en el prólogo: “solo digo que nadie se espante de que salga de diferente autor esta segunda parte, pues no es nuevo proseguir una historia diferente sujetos”. Su segunda parte no solo se presta, sino que resulta obligado, hacer un contraste con el Quijote de Cervantes por cuanto que los personajes principales y la esencia de la ficción le vienen impuestas.

Situados en este contexto, una de las cosas que llama la atención en  El Quijote apócrifo es la eliminación de Dulcinea del Toboso, especialmente si recordamos, ya muy avanzada la segunda parte (capítulo LIX) de “el auténtico”  la defensa que de ella hace don Quijote a preguntas de don Juan “Dulcinea se está entera y mis pensamientos más firmes que nunca; las correspondencias en su sequedad antigua; su hermosura en la de una soez labradora transformada”.

Cabe preguntarse las  razones que llevaron al tal Avellaneda a semejante decisión. Bien pudiera ser para mantener la imagen de un hidalgo, loco sí, pero falto de ideales nobles. También, porqué no, por la dificultad que suponía mantener la complicada figura de Dulcinea, la creación no era suya y mantener a hidalgo y escudero ya suponía una buena dosis de ingenio.
Los preparativos para la eliminación de Dulcinea no se hacen esperar. Don Quijote, inquieto por recuperar  un libro de caballería que sustituya a las lectura piadosas impuestas por el cura,  trata de convencer a Sancho para volver al “militar exercicio” y aquí, apenas iniciado el relato (capítulo II de la segunda parte del licenciado Avellaneda) se anuncia ya la eliminación: “y a ver si en otra (dama) hallo mejor fe y mayor correspondencia”. Y el comienzo de nuevas aventuras renunciando a lo irrenunciable en un caballero: una dama a quien ofrecer sus victorias. El Caballero de la triste figura es ahora El Caballero Desamorado. Sus actos pierden idealismo limitados a locuras y extravagancias.

En modo alguno es comparable Dulcinea con Bárbara. El don Quijote cervantino tiene con Dulcinea un amor idealizado y desinteresado. El Caballero Desamorado, en su desequilibrada mentalidad, ve a la reina Zenobia como una dama a la que, por las leyes de caballería, está obligado ayudar.
El licenciado Avellaneda cambia a Aldonza Lorenzo la soez labradora  por Bárbara la de la cuchillada; ideales por obligaciones; podemos hacer conjeturas pero nunca sabremos la reazón del cambio.