Imagen: Segrelles
Entiendo el presente capítulo, como un nuevo prólogo. Es tan dilatada la estancia en el castillo y tan falta de aventuras con las que nació la obra, que Cervantes, insisto, es mi opinión, recurre a un memorándum, para situar nuevamente al lector frente a la acción.
Comienza con un canto a la libertad, tanto más valiosa, cuanto menos dependiente sea de otros factores o personas. Viene a recordarnos que: el hombre feliz no tenía camisa.
Frente a los razonamientos de don Quijote, no podía faltar el realismo de Sancho “tal vez nos apaleen”. Cierto, la libertad para él siempre llevó aparejadas desdichas y necesidad.
La acción se va preparando suavemente, sin sobresaltos. Nos iremos adentrando en el mar de la aventura, desde la playa, despacio, sin prisa, de tal forma que, sin apenas darnos cuenta estaremos de nuevo sumergidos totalmente.
En la presente ocasión se topan con unos labradores que portan un retablo; el encuentro sirve para que don Quijote se identifique con santos caballeros al servicio de lo divino y sorprenda a propios y extraños con sus conocimientos quedando Sancho gratificado con explicaciones y evento:
“En verdad, señor nuestramo, que, si esto que nos ha sucedido hoy se puede llamar aventura, ella ha sido de las más suaves y dulces que en todo el discurso de nuestra peregrinación nos ha sucedido; della habemos salido sin palos y sobresalto alguno; ni hemos echado mano a las espadas, ni hemos batido la tierra con los cuerpos, ni quedamos hambrientos”.
Enredados en varias conjeturas sobre el acontecimiento del retablo, de pronto Sancho, rememora el extraño enamoramiento de Altisidora, poniendo un punto de duda, sobre si tamañas manifestaciones amorosas, son ficción o realidad:
“Qué es lo que vio esta doncella en vuesa merced que así la rindiese y avasallase; no sé yo de qué se enamoró la pobre”
Con éstas conversaciones y un canto al sentimiento amoroso al margen de lo meramente físico por parte de don Quijote, nos adentramos ya en la aventura propiamente dicha a través de una escena bucólica, con hermosísimas doncellas, campamento con mesas bien provistas, gente que le reconoce y agasaja y que es conocedora de su historia a través de los escritos ya publicados.
Él, como caballero ya instalado en su papel, se propone pregonar la hermosura de cuantas doncellas allí están y combatir a quienes no admitan al paso por el camino real, lo que él con este fin ha publicado.
La ansiada aventura, tras tanto tiempo de inactividad no tarda en presentarse: Una muchedumbre con lanzas, que resultan ser pastores con garrocha se presenta como el enemigo a batir. El resultado es el ya habitual: los toros arrollan, muelen y aporrean a Quijote y Sancho que ratifica así sus temores. Seguramente en su interior, entonó el…
¡ Pobre de Mi !






