Castillo de Gormaz
Caminar A orillas del Duero es sin lugar a
dudas una actividad saludable, hacerlo acompañado de Don Antonio Machado una
sensación repetible tantas veces como el lector quiera adentrarse en su obra,
intentar un comentario sobre Campos de Castilla supone para este lector una
labor a la que se enfrenta con respetable temor.
Abordamos lectura y comentario
como un paseo con la compañía de excepción del poeta-protagonista.
El poema narra casi con precisión
cinematográfica, paisaje, sensaciones, olores, montes y lomas mientras caminamos no sin esfuerzo hacia un cerro
cercano desde donde se divisa el Duero con el puente, por el que atraviesan ¡tan diminutos! ya por
la distancia lejanos pasajeros
“El Duero cruza el corazón de roble de Iberia
y de Castilla”.
Tal vez
de la soledad, tal vez del
silencio, tal vez de la grandeza abrupta
del paisaje surge la reflexión en términos realmente crudos sobre la pobreza de
los campos y la miseria de unas gentes cuyo único destino parece la emigración….
“¡Oh, tierra triste y noble,
la de los altos llanos y yermos y roquedas,
de campos sin arados, regatos ni arboledas;
decrépitas ciudades, caminos sin mesones,
y atónitos palurdos sin danzas ni canciones
que aún van, abandonando el mortecino hogar,
como tus largos ríos, Castilla, hacia la mar!”
…Y no menos duras consideraciones históricas entonadas como un
lamento
“La
madre en otro tiempo fecunda en capitanes,
madrastra es hoy apenas de humildes ganapanes”.
“Castilla
miserable, ayer dominadora,
envuelta en sus harapos desprecia cuanto ignora”.
Los
versos son indudablemente fuertes, de apariencia despectiva. La Soria que ve Machado es fértil para el espíritu, grande para la historia y triste para su
realidad.
Iniciado
el descenso recobramos la paz el poeta serena sus pensamientos. Suenan las campanas de la iglesia, las
viejas piadosas acuden a rezar y el mesón abierto espera a los caminantes. Dos simpáticas comadrejas alegran la senda.
Mi
atrevimiento ha llegado a percibir cinematografía en Machado. ¡Perdón!




