Lo lógico y lo
contradictorio se entrelazan en La saga/fuga de J. B. creando un espacio verosímil,
donde todo es posible: el rigor, el disparate, lo grotesco o lo dramático. Walt
Disney, en lenguaje escrito en una novela en la que Torrente Ballester crea en
el lector un estado de confusión jugando con lo fantástico, lo verosímil y lo
legendario.
Uno (yo), se plantea
buscar entre leyendas celtas y artúricas, el Santo Grial de un mensaje oculto,
de una reflexión. Por pura comodidad, acudimos a un fragmento atrincherado en
el recuerdo de las muchas -no todas- páginas superadas:
Bueno, dicho así, de
repente, puede parecer raro, fantástico e incluso ofensivo, para los que no
dejan de ser quien son durante un año entero, día tras día, al levantarse de la
cama (…) al encontrarme con que yo no era el mismo, fui otro y otro más, fui no
sé cuantos otros…
Cada mañana, titubeantes
aun frente al espejo, este nos devuelve una imagen que nos negamos a aceptar,
e inmediatamente, al igual que J. B., queremos ser otro y otro más, nos inventamos
interlocutores: este peine tiene las púas demasiado anchas, -decimos al personaje
que tenemos enfrente- mientras que estiramos el flequillo en vano intento de ocultar la fastidiosa calvicie que nos importuna pero no nos obsesiona. Seguimos
dando palique al espejo: la barba de dos días da sensación de abandono y recordamos al vecino -insultantemente joven- que no tiene ni una cana, mientras
apuramos el afeitado, pero… ya somos otro... que es el mismo.
Torrente nos invita a no
ser como quienes “no dejan de ser quienes son durante un año entero”; a cambiar
de identidad, porque en cada yo hay
muchos yo si desechamos prejuicios y concedemos un espacio a la fantasía.






