Reflexión

Cuando triunfó el nuevo material de escritura [el pergamino], los libros se transformaron en cuerpos habitados por palabras, pensamientos tatuados en la piel. (El infinito en un junco. Irene Vallejo).

jueves, 27 de noviembre de 2014

Andrea narradora. Nada, Carmen Laforet


Cuando como lectores tomamos contacto con una nueva novela, determinadas neuronas nuestras, sensibles al estímulo recibido se interrelacionan para elaborar una respuesta sobre la información recibida. Tras el correspondiente proceso, comenzamos a “fabricar” un concepto sobre la obra. Dicho sin tanta parafernalia: empezamos a opinar centrados en un tema concreto. Algo de todo esto debió acontecer tras la anterior entrada sobre Nada de Carmen Laforet y el complejo proceso de resultados simples, se centró en la novela desde la perspectiva de la narradora.
La imagen que proyecta Andrea narradora sobre nosotros es la de un grupo de personas cuya vida es un infierno obligadas por la escasez a convivir en el mismo espacio y  cada una con sus secretos que aumentan la discordia. Las relaciones humanas y en definitiva su vida, son poco o nada gratificantes para el conjunto.
Andrea es narradora única, por lo que al lector se le impone –excepción hecha de  sus propias conclusiones- un solo punto de vista: el de la inexperta Andrea que recuerda y analiza situaciones de un pasado próximo, la mayor parte de las impresiones, emociones o decepciones que recibimos son las suyas. También lo es el concepto que tiene de las personas y del entorno en el que se mueve. Presenta la casa, sujeto importante en la novela, como un mundo aparte sustentado en principio por la bondad de una adorable viejecita (la abuela) que, en las páginas finales resulta culpada por sus hijas del suicidio de Román.
-Le malcriaste. Recuerda que le malcriabas, mamá. Así ha terminado.
-Siempre fue usted injusta, mamá. Siempre prefirió usted a sus hijos varones. ¿Se da cuenta de que tiene usted la culpa  de este final?
-A nosotras no nos has querido nunca, mamá. Nos has despreciado. Nos has humillado.
Con este diálogo sobrecogedor en torno a la muerte de Román la narradora pone el énfasis en una madre demasiado indulgente con sus hijos que enlaza  con la visión que  Andrea  transmite de la casa al comienzo de la novela: un mundo anormal lleno de tensiones. De un lado podríamos pensar que el inesperado mensaje puesto en boca de sus tías a las que apenas llega a conocer se asienta en que generosidad y perdón mal entendidos pueden ser causa de la decadencia de valores en la familia. De otro, que la introducción del suicidio sea una pincelada romántica: una muerte por amor (o por despecho).
Andrea narradora no  entra en análisis o valoraciones,  hace madurar a Andrea narrada.  Que pierda la ingenuidad inicial y oculte datos no interesantes de su pasado. Es huérfana, pero nada dice de la muerte de sus padres. De su estancia en Barcelona extrae la sabiduría del hambre y  la pobreza. Llega desde un pequeño pueblo en el que ha estado durante dos años. Ha cursado el bachillerato en un colegio de monjas, donde ha permanecido durante casi toda la guerra. Andrea narrada, desde un vacío desolador marcha en busca de una vida nueva, de liberación.



jueves, 20 de noviembre de 2014

Monólogo. Nada, Carmen Laforet


  -La noche, por esa multitud de extrañas razones que nuestro subconsciente guarda, no fue muy propicia al descanso y, como siempre ocurre, cuando  la ciudad despertaba envuelta en una “pertinaz[1]” niebla, Morfeo me envolvió en ese agradable sopor del duerme-vela que como siempre ocurre, pone broche a una noche insomne. La “pertinaz”, consciente de que había de engendrar una tarde de paseo se batió en retirada. Los árboles lucían orgullosos ese amarillo que les es propio a final del otoño. La opción, dado lo temprano de la hora solo podía ser una: tras el desayuno, olvidar el coche y hacer el trayecto estrenando la alfombra amarilla del parque mientras pensaba algo para el blog sobre Nada y Carmen Laforet o viceversa.

  -Lo primero que me vino a la mente fue el momento histórico: 1944 y la censura que curiosamente no puso especiales reparos a la obra, aunque fue interpretada de manera muy distinta por los dos censores que la revisaron. Uno de ellos la consideró una “novela insulsa, sin estilo ni valor literario alguno”. Al otro le pareció una “narración inmoral y contraria a la doctrina de la Iglesia”. Los sectores más reaccionarios del régimen la criticaron ásperamente porque no encajaba con la ideología del nacionalcatolicismo. Eran los tiempos del lenguaje oficial grandilocuente y tal vez, la precisión y sencillez de un modo de expresión desprovisto de énfasis le otorgó singular éxito no solo de  público sino también el reconocimiento de gran parte de los intelectuales del periodo, incluidos los exiliados.

  -Habrá que atender al criterio de Carmen Laforet –pensé mientras caminaba- y olvidar el tan traído y llevado tema de la autobiografía. Claro que -seguía pensando- Nada, tiene influencias de las corrientes de pensamiento y tendencias literarias de su tiempo, pero Laforet  no entiende la novela como un instrumento de crítica y denuncia de las injusticias sociales y sí como  reflejo de la realidad inmediata.   Sus personajes viven en conflicto con la sociedad, pero buscan una solución individual a su vida, sin ninguna pretensión de transformar el mundo.

  -La mullida alfombra amarilla  se hacía más tenue por momentos mientras pensaba en la  historia de lugares y personas que rodearon a Andrea desde octubre de 1939 a septiembre de 1940. La casa representa el pasado, en ella pervive  la violencia, los personajes que obligados la habitan dependen unos de otros y Andrea es mudo testigo de todo. La Universidad es el apetecido futuro, el espacio liberador, donde Andrea hace nuevos amigos y puede moverse en libertad.  Vía Layetana donde viven Ena y Jaime, el estudio de Guíxols y la mansión de Pons, alivian el enclaustramiento que supone la casa de Aribau.

  -Dos perros corren felices entre la ingravidez de las hojas que ellos mismos provocan saltando. La verja del parque cierra el monólogo, al otro lado de la calle en la cafetería, Ana, como cada día me espera para tomar el primer café de la mañana antes de comenzar el trabajo.

  -El tema de Andrea narradora también es interesante. Tal vez la próxima semana.



[1] Reminiscencia de la época (1939-1940) en la que se desarrolla Nada

jueves, 13 de noviembre de 2014

Dificultades en el último momento. Nada, Carmen Laforet


“Por dificultades en el último momento”[1] hube de acarrear con los volúmenes recogidos el día anterior de la Biblioteca Pública. Hasta aquí, salvo el superior peso de la mochila todo normal, el problema, si así puede llamarse, vino cuando apenas traspasado el arco de seguridad de la entrada en la Biblioteca Central, el maléfico artefacto me denunció como “non grato”, y como “no podía ser de otra manera” (perdón por  utilizar esta frase tan correcta políticamente) todas las miradas convergieron en quien esto escribe.

  -¿Llevas algún libro de la Pública? Preguntó aliviando la situación una agradable voz femenina
  -Sí, dos que no tuve tiempo de dejar en casa.
  -No te preocupes ocurre a veces, lo curioso es que los de aquí, no activan la alarma de allí. Déjamelos un  momento y los desactivamos, no hay más problema.
  -Toma, gracias.
  -¡Anda! La novela social española ¿Estás con Nada de Laforet? (el Club se reúne en la sala B de la Biblioteca Central UBU)
  -Sí, pero no. Estos son para otro trabajo, ya te dije: me olvide de dejarlos en casa.
  -Os sigo cuando puedo y tengo la novela en casa, en pasta dura de color azul. ¡Debe tener unos años!
  -A pesar del tiempo se lee muy bien y no ha perdido atractivo.
  -Por eso te pregunté al ver los libros sobre la novela social
  -Quizás esta primera novela de Laforet podría encuadrarse como un anticipo de la novela social, no sé. Para el lector, el mundo cerrado de la casa de Aribau constituye un espacio aparte de la vida que transcurre fuera y la protagonista, Andrea, personifica el contraste entre la vida de la casa y la que ella lleva.
  -Cuándo la escribió era muy joven ¿No?
  -En 1944 tenía 23 años, ganó con Nada el  Premio Nadal, en 1945 y el Fastenrath en 1948. En 1946 contrajo matrimonio con Manuel Cerezales y decidió dedicar los años siguientes a su familia. En este dato tenemos una muestra de la posición de la mujer (y hablamos de una escritora) en la sociedad del momento.  En 1944 el Régimen, a través de la Sección Femenina, catequizaba en colegios e institutos la minoría intelectual de la mujer frente al varón. Las novelas de consumo femenino las protagonizaban muchachas temerosas de Dios y románticas que conocían a un caballero con el que acababan casándose. Carmen Laforet, junto a Pascual Duarte, de Cela renovaron aquella literatura de posguerra.
  -Yo creo que, en esa época, y tan joven, tal vez lo que hizo fue recoger retazos de su propia vida. ¿No crees?
  -No lo sé, esa es una de las eternas preguntas: autobiografía o motivación. No debemos olvidar el entorno histórico, dado que la novela comienza con la llegada de  la protagonista a Barcelona pocos meses después de finalizada la Guerra Civil española y cuando a principios de 1945  recibe el premio Nadal, la guerra, primero en Europa y luego en Asia, estaba a punto de terminar. Nada es la primera novela española que se sitúa en el marco coetáneo, de la posguerra, refleja la realidad inmediata sin idealizarla, con realismo y -esta es otra de las preguntas- no sabemos si con intencionalidad crítica, Carmen Laforet no se ha manifestado en este sentido.  De cualquier forma, el contexto histórico es sólo un marco borroso al que se alude muy poco. A Laforet le interesa más el microcosmos de sus personajes y su drama humano, que la problemática social en la que están inmersos.
  -Perdona pero tengo que volver “al curro”. Me reclaman
  -Ha sido un placer. La próxima vez de una u otra manera conseguiré que el maléfico artefacto vuelva a delatarme. Gracias. ¡Hasta otro día!





[1] Nada (primera parte, I)

viernes, 7 de noviembre de 2014

Doble personalidad. El Quijote apócrifo, Alonso Fernández de Avellaneda


Al tratarse el Quijote apócrifo de una continuación, necesariamente, muchas de sus características en cuanto a concepción y estilo, deben de mantenerse, ya que personajes y  raíz de la obra por ejemplo, vienen impuestos desde la primera parte del Auténtico. Por eso, llama la atención del lector la eliminación de Dulcinea del Toboso. Sabido es que caballero que se precie, debe tener una dama a quien ofrecer sus aventuras como consta en los libros de caballería.

Profundizando algo más y contrastando como venimos haciendo ambas obras vemos que el don Quijote cervantino presenta una locura de doble personalidad (Valdovinos; I, cap. V o Reinaldos de Montalbán; I cap. VII) hasta el capítulo VII de la primera parte. A partir de esta el recurso de la doble personalidad muy socorrido en temas de locura queda abandonado y don Quijote será solo don Quijote. Del mismo modo en el entorno de esos primeros capítulos el don Quijote de Cervantes hace gala de alusiones al Romancero que también olvidará. Avellaneda por el contrario, continua con un protagonista loco y con desdoblamientos de la personalidad a lo largo de toda la obra, y exaltando la fantasía de don Quijote acudiendo a figuras y episodios del Romancero; valga como ejemplo el episodio del melonero (cap. VI) en el que nuestro apócrifo  protagonista  recita romances de rey don Sancho se cree herido por Vellido de Olfos y convierte a Sancho en Diego Ordóñez. Avellaneda quiere mantener a don Quijote simplemente como loco y a Sancho como tragón para contrarrestar la avalancha cervantina. 


Nada hay nada al azar por tanto en el Segvndo tomo del ingenioso hidalgo don Qvixote de la Mancha, compuefto por el Licenciado Alonso Fernandez de Avellaneda, natural de la Viila de Tordefillas. Era necesario rendir homenaje a esta Segunda parte en su 400 aniversario, así lo hacemos, y… su lectura da para mucho más.

jueves, 30 de octubre de 2014

Jaque mate. El Quijote apócrifo, Alonso Fernández de Avellaneda


A estas alturas -y a cualquiera otra- es incuestionable que Avellaneda se apoderó de don Quijote y Sancho haciendo de aquel un personaje abstracto, cuya vida  no creció a todo lo largo de aquella Segunda parte, y de este  un glotón rudo y pornográfico. La transformación no quedó solo ahí: ambos pasaron de una vida trashumante y campesina a urbanitas de facto.
A estas alturas -y a cualquiera otra- resulta evidente que Cervantes leyó el libro de Avellaneda y puso remedio a semejante apropiación como solo él sabía hacer, y en el capítulo LXXII de “su Quijote” en justa compensación toma posesión de Álvaro Tarfe caballero granadino invención de Avellaneda al que dota en su novela desde el primer hasta el último capítulo de especial  protagonismo  y gran afecto por don Quijote. Tan  singular maniobra, repito, solo podía hacerla alguien como Cervantes.
Recordemos como en la obra cervantina, don Quijote y Sancho ven llegar a un caballero acompañado de sus criados que le nombran como: don Álvaro Tarfe, y como don Quijote se dirige a él para reafirmar su personalidad frente a la de aquel que anda impreso en la segunda parte de la historia de Don Quijote de la Mancha, recién impresa y dada a la luz del mundo por un autor moderno (Cervantes, II, LXXII).
Y como suplica que don Álvaro haga:
Una declaración ante el alcalde deste lugar de que vuestra  merced no me ha visto en todos los días de su vida  hasta agora y de que yo no soy el don Quijote impreso en la segunda parte, ni este Sancho Panza, mi escudero, es aquel que vuestra merced conoció. (ibid)
El personaje más afín al lector del Quijote de Avellaneda, al margen  de los protagonistas, el que más empatía crea, posiblemente sea don Álvaro Tarfe, descendiente según podemos leer:
De los moros Tarfes de Granada, deudos cercanos de sus reyes y valerosos por sus personas, como se lee en las historias  de los reyes de aquel reyno, de los Abencerrajes, Zegríes, Gomeles y Mazas, que fueron christianos después que el chathólico rey Fernando ganó la insigne ciudad de Granada (Avellaneda, cap. I).
No toma por tanto Cervantes el personaje al azar para contrarrestar a Avellaneda. Don Álvaro es un personaje importante, serio, que “cae bien” al lector a pesar de su ascendencia o precisamente por ella, si tenemos en cuenta que la novela al igual que la de Cervantes dice ser la traducción al castellano de un texto árabe (Alisolán-Cide Hamete). La utilización de don Álvaro por parte de Cervantes viene a ser lo que el jaque mate en ajedrez: Cervantes toma a don Álvaro Tarfe, personaje importante creado por Avellaneda para eclipsar al don Quijote de este creación indiscutible y exclusiva de don Miguel.


jueves, 16 de octubre de 2014

La figura de Sancho. El Quijote apócrifo, Alonso Fernández de Avellaneda


La figura de Sancho en El Quijote apócrifo, presenta considerable transformación de manos de Avellaneda. Es si se quiere, como más natural, como mas acorde con el entendimiento rústico que se le supone en la obra de Cervantes, en la que gracias a la maestría del autor a pesar de encerrar en muchas ocasiones pensamientos que no corresponde a su simplicidad, la verosimilitud queda a salvo. Entre ambos Sanchos -puesto que de dos se trata- viene a ocurrir, a mi juicio, algo así como lo que sucede cuando dos personas cuentan un chiste: uno (Sancho cervantino) pretende ser gracioso y el otro sin pretenderlo, lo es. Repito: es una opinión y se admiten lógicamente opiniones en contra.

El Sancho de Avellaneda,  un tanto desastrado y tragón: ¿es posible, Sancho que no ha de auer para tí guerra, conuersación ni passatiempo que no sea de cosas de comer?, es un buen hombre, simple, y con pocas luces que resulta gracioso precisamente por sus tonterías, sus razonamientos disparatados y su incomprensión a las  insinuaciones de Bárbara la de la cuchillada. Desfigura palabras que o son demasiado cultas para su entendimiento, o no conoce: desafortunios = infortunios; castraleones = camaleones; disoluto = absoluto; desconveniente = inconveniente; ave fétrix = ave fénix. O vulgarismos como San Belorge = San Jorge. Por abundar algo más incluye en un alarde de erudición (Sancho dice haber ayudado a Misa) despropósitos latinos no muy acordes al contexto de la conversación: gloria tibi Domine; fructus ventris.

Dado que Avellaneda dota a Sancho de lo que podría definirse como “gracia natural”, merece la pena al menos una ligera reflexión sobre la celebración  que de sus ocurrencias   hacen personas calificadas de importantes en la obra, que hoy puede parecernos pueril, pero situados en la época es perfectamente verosímil porque en concepto de humor era absolutamente diferente al de  nuestros días. Para los principales que disfrutan con su conversación, Sancho es un hombre zafio y tosco que divierte por ser quien es y como es. En opinión de algunos estudiosos: "Sancho personifica el desprecio que Avellaneda sentía por el ruralismo del pueblo español". Si así fuera -que bien pudiera ser- he encontrado en estas observaciones una razón más para leer, contrastando con el auténtico, El Quijote apócrifo.

jueves, 9 de octubre de 2014

Segar hierba de prado ajeno. El Quijote apócrifo, Alonso Fernández de Avellaneda


 
Sin rubor alguno he de confesar que la presente lectura tiene un valor añadido que ya apuntaba en la entrada anterior: “no solo se presta sino que resulta obligado hacer un contraste con El Quijote de Cervantes". Y es por ello, que sin renunciar al disfrute con las mil y una peripecias de la “otra segunda parte”, en la que los mismos personajes se comportan de modo diferente. Sin renunciar a ello, la conversación en la venta (capítulo LIX segunda parte de Cervantes) entre don Gerónimo y don Juan cuando don Quijote y Sancho oyen en la habitación contigua: el que huviere leýdo la primera parte de la historia de don Quixote de la Mancha no es posible que tenga gusto de leer esta segunda; me perece crucial no solo por lo que supone de clara denuncia en ella de  Cervantes a Avellaneda, sino por lo que representa, a la luz de dos temas fundamentales: la situación por la que estaba pasando don Miguel al conocer la existencia de “otra segunda parte”,  y la sutileza  e ingenio que muestra en estas líneas llenas de intencionalidad reprensiva.

No por sabido debemos dejar de mencionar como Avellaneda insulta despiadadamente a Cervantes haciendo alusión a su vejez y su herida en Lepanto (soldado viejo), a su condición envidiosa y murmuradora, y lo presenta como marido consentido. Abunda también en  una nota irónica diciendo que: disculpa los hierros de su primera parte al averse escrito entre los muros de una cárcel. En suma todo un rosario de alabanzas.

¿Concibió Avellaneda este trabajo por despecho? O lo hizo por dinero. Es evidente que  las  relaciones entre ambos no eran precisamente cordiales y aquel bien pudiera ser un motivo. En el terreno económico, sabido es que, Cervantes tuvo considerable éxito de difusión en su primera parte pero no está tan claro que el económico fuera parejo. Sea como fuere si bien Cervantes se demoró en extremo en la edición de su segunda, parte quien segó hierba de prado ajeno fue Avellaneda -aunque el hecho fuera frecuente.