Reflexión

Cuando se tienen problemas de comprensión e ignorancia hay que resolverlos con lecturas nuevas y apropiadas. (Miguel Delibes).

jueves, 11 de octubre de 2018

MAGIA O FANTASÍA.



Va ya por la segunda –o tal vez la tercera– vez que leo Cien años de soledad y en cada una de ellas como acontece con El Quijote veo una obra diferente, o al menos con matices diferentes. La primera, avivado el deseo por la presión publicitaria, se perdió en la torrentera de palabras que se enredan una y mil veces en el entorno de Macondo y la familia Buendía, intentando reinterpretar la ficha del realismo mágico. En esta ocasión me pregunto si la magia no será realmente fantasía camuflada de surrealismo por la imaginación de don Gabriel García Márquez y es que hoy, la veo como un cuento para mayores que me acompaña como en su día lo hiciera La alfombra mágica o La Cenicienta.

Veo fantasía en el enredo de nombres que se repiten con el binomio Arcadio-Aureliano; en el «érase una vez» de las aventuras de sir Francis Drake que el primer Buendía contó a su nieto y fantasía veo en la página que, día a día, durante cien años, escenifican la familia de Úrsula y Arcadio.

Resulta a mi juicio fantástica con resonancias bíblicas la fundación de Macondo (la tierra prometida):

En su juventud, él y sus hombres, con mujeres y niños y animales y toda clase de enseres domésticos atravesaron la sierra buscando una salida al mar...

También los amores, con el lastre de una maldición, de Úrsula y Jose Arcadio que si se casaban y consumaban el matrimonio (eran primos) engendrarían iguanas en vez de niños (pecado original):

Úrsula se ponía antes de acostarse un pantalón rudimentario [...] que se cerraba por delante con una gruesa hebilla de hierro.
[...]
Blandiendo (Jose Arcadio Buendía) la lanza frente a ella le ordenó: «Quítate eso». Úrsula no puso en duda la decisión de su marido. «Tú serás el responsable de lo que pase».

Como en todo cuento el amor encuentra dificultades, triunfa y las supera.

Cien años de soledad puede ser magia, fantasía, remedo del paraíso perdido; todo y mucho más. Nos planteamos de nuevo la lectura sin más exigencia que el placer de interpretarla de nuevo.


2 comentarios:

Pedro Ojeda Escudero dijo...

Quizá es esta la primera lectura necesaria que hagas de la obra, la que haces por puro placer.

Abejita de la Vega dijo...


Admite todas las lecturas, desde la sesuda a la placentera, o las dos cosas a la vez, por qué no, lo cortés no quita lo valiente.