Reflexión

Cuando triunfó el nuevo material de escritura [el pergamino], los libros se transformaron en cuerpos habitados por palabras, pensamientos tatuados en la piel. (El infinito en un junco. Irene Vallejo).

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miércoles, 28 de febrero de 2018

PALABRA ADECUADA MOMENTO JUSTO. 'El hombre pez'



A veces, algunas veces, cuando leemos la atención queda atrapada por la historia: el bueno el malo, la madre el hijo, los amantes... ¡es normal! Otras, quizá menos, el interés se centra en el lenguaje, que –a  mi juicio– tiene mayor importancia cuanto más próximo es. Próximo al lector y próximo en el sentido de fiel, a la época en que transcurre la acción. Dicho así parece una obviedad, pero no lo es tanto.

Todo esto viene a mientes de la novela en la que José Antonio Abella cuenta la aventura «tan exorbitante del regular orden de las cosas» (Theatro Crítico Universal padre Feijoo) de El hombre pez. Podemos hablar de la trama, la estructura, el documentalismo, incluso del libro como objeto material, sí. Pero, gustaremos tanto más de la novela cuanto mayor atención pongamos en la prosa, en el lenguaje que emplea. Descubriremos cómo, la palabra adecuada siempre está en el renglón necesario.


domingo, 18 de febrero de 2018

LEER CON PLACER. El hombre pez de José Antonio Abella


No ha mucho tiempo comentamos Pedro Páramo, novela de cierta complejidad a decir de unos y no tanta en opinión de otros (discúlpenme señoras y señoritas: servidor a pesar de las modas se niega a poner “@” de comodín y sigue utilizando el neutro), inscrita en un marco histórico anterior. Sigamos. En el coloquio surgieron temas como “estructura fragmentaria”, “simbolismo”, “semántica localista” etc.; se produjeron aplausos, mutis por el foro y comentarios sobre la necesidad de varias lecturas y es que hay obras que pueden requerir un estudio previo para suavizar obstáculos al lector.

Con seguridad, este no es el caso de El hombre pez en el que José Antonio Abella reconstruye con prosa magnífica la fábula del hombre de Liérganes presentándola al lector en un lenguaje próximo, sencillo y exacto: “así que toda la mañana estuvo de un humor de perros” (pág., 71) que hace sentir, oler el entorno: “de la que emana un tufo de animal de animal en descomposición, acaso de un gato muerto” (pág., 73). Escribe con gracia y casticismo sin concesión a la frase cutre tan en boga hoy: “la agudeza mental del pequeño Francisco de la Vega parecía más embotada que el mango de un cuchillo” (pág., 101). Los personajes de Abella reaccionan en tono y forma de acuerdo con el contexto de la época (siglo XVII) gracias a la palabra precisa y un trabajo documental en lo cotidiano y lo erudito; basten para esto último dos referencias bibliográficas citadas por el autor:

-Philopolitae speculatoris.
-Historia cronológica de las pestes y contagios acaecidos en España desde la venida de los cartagineses.

Son sólo algunas muestras –hay  muchas más– de cómo la perfección y el estilo pueden transformar una leyenda en historia humana y fantástica en la que basta (que no es poco) dejarse llevar, sumergirse como el hombre pez, para descubrir que en la parte no ostentosa de la España del Siglo de Oro hay enjambres de pececillos humildes altos, planos, blanquinegros..., o tan extraños que se asemejan a las rocas; pero que todos, todos, son útiles y necesarios a la mar.

Imagen de: https://www.cadizdirecto.com


miércoles, 7 de febrero de 2018

INVITACIÓN A LA LECTURA ACTIVA. El hombre pez, de José Antonio Abella.

Escultura del hombre pez en Liérganes

Anécdota.- Relato breve de un hecho curioso que se hace como ilustración, ejemplo o entretenimiento (Acepción 1 del DLE).

¿Cómo definir El hombre pez? Con permiso de José Antonio Abella, yo diría que es una anécdota amable, tierna, escrita y documentada cómo solo su autor sabe hacer. También, que por un camino de inocencia azul como los ojos del protagonista nos traslada al siglo XVII:una época de hambre y de miseria, cuando el pan de oro procedente de las Indias doraba los retablos de las iglesias y el pan negro de los pobres no era suficiente para alimentar a los súbditos de un rey en cuyos dominios no se ponía el sol (pág., 64).

Con una prosa clara, sencilla y asequible, hace Abella un guiño a la cuestionada segunda parte del Lazarillo, en que Lázaro se convierte en atún, se casa con una atuna, es pescado y vuelve a ser hombre.

La novela es un vergel léxico. Términos marinos (urca, bauprés, fanal, relinga); palabras en eusquera para –cuidado– un piropo: (zure begi urdinak gustoko ditut) y hasta clases de buceo arropan el relato en invitación obligada a la lectura activa.

¡Gracias José Antonio!