De entre la enorme variedad climática de América del Norte,
escoge Valle Inclán la zona caliente. Embarca a Bradomín, personaje y narrador, en una fragata que lo lleva al golfo de
México. ¿Viaja para olvidar? ¿Movido por su primitivismo emocional?
De nuevo el paisaje: exuberante, colorista, atávico.
Naturaleza explosiva.
En este marco, como no puede ser de otra manera
tratándose del marqués: una mujer. Una mujer exótica como el paisaje, rodeada
de servidores al modo de una diosa “Tenía esas bellas actitudes de ídolo, ese
quietud estática y sagrada de la raza maya”. El camaleónico heredero de
mayorazgos mexicanos, aparece reverente, con una sumisión casi sacerdotal ante
la voluptuosidad de la criolla cruel e insensible tras “la trágica muerte de
aquel coloso negro”.
El contrapunto de sadismo, hace crecer en Bradomín
el placer de la transgresión, la emoción de la profanación. La diosa Chole es
su objetivo más próximo, esa es la razón última del viaje hacia el exotismo con
que empezamos la lectura de Sonata de estío.
Imagen: Selva Lacandona Chiapas (México)






