Imagen: Jaume Pahisse
De lo que en principio parece una exaltación del bandolerismo, haciendo abstracción de los hechos delictivos, podría hacerse una segunda lectura e interpretarlo como un canto a la aventura:
Un caballero andante que por circunstancias, convive con la banda de Roque Guinart se ve atrapado por una variante del Síndrome de Estocolmo, llega a identificarse con los que en principio eran sus captores, y no puede por menos de envidiar la vida errante, activa y peligrosa, en la que, hasta los propios compañeros pueden ser sus peores enemigos. Tal vez, pueda ser éste el motivo de la aparición del bandido en escena.
Un caballero andante que por circunstancias, convive con la banda de Roque Guinart se ve atrapado por una variante del Síndrome de Estocolmo, llega a identificarse con los que en principio eran sus captores, y no puede por menos de envidiar la vida errante, activa y peligrosa, en la que, hasta los propios compañeros pueden ser sus peores enemigos. Tal vez, pueda ser éste el motivo de la aparición del bandido en escena.
La noche mágica de San Juan en la que se celebra el solsticio de verano es la escogida por Cervantes, para que don Quijote y Sancho vean el espaciosísimo mar por vez primera; el estruendo de la artillería propia de la fiesta, sirve de fondo para que el recibimiento engrandezca al auténtico caballero andante y humille aún más al ficticio y apócrifo, como pregona el avisado de Roque que aprovecha para resaltar el nombre de Cide Hamete, mientras que en su respuesta a Sancho, don Quijote evita con habilidad pronunciar el de Avellaneda:
“Estos bien nos han conocido; yo apostaré que han leído nuestra historia, y aun la del aragonés recién impresa”.
Nuevamente asistimos a un recibimiento triunfal, seguido de una humillación. La obra ha calado ya en el lector de esta segunda parte, y se hace penosa tanta burla. A trece capítulos del final, Cervantes escoge el sabor agrio de la afrenta, tal vez como reflejo de la realidad a la que se enfrentan altruistas y soñadores.
Cide Hamete, compadecido, sitúa tras el penoso suceso de los muchachos y las caballerías, a don Quijote y Sancho junto a un caballero principal, al que, en principio, quiero suponerle buena intención, por su relación con el bandolero Roque. Veremos.






