Higinio Zamora Zamorano, reponedor de las pertenencias de Anthony Whitelands, introduce al lector por medio de charlas políticas en la situación de la España del 36, un país no pobre sino de pobres, en el que el estallido de una revolución y la posibilidad de un golpe militar presentan en ese momento, indicios de auténtica realidad.
Gumersindo Marranón, de la misma forma y manera, retrata, por así decirlo la extinta DGS (Dirección General de Seguridad) al más puro estilo: guardias de asalto, coches negros, policías con sombrero, escalera lóbrega, ventanucos, secretaria gorda…, más un perfil de José Antonio y la Falange con el sello inconfundible de los guardianes de la ley y el orden del momento: señoritos ociosos, pistoleros a sueldo, apoyados por la carcunda, niñas cursis y pollos pera de Puerta de Hierro. A mayor abundamiento añade una pormenorizada descripción del esquema organizativo de la asociación, partido político, o lo que fuere.
Por no dejar la DGS, avanzamos hasta el capítulo 18. El elemento humano de la misma, reunido a alto nivel, expone con detalle la situación social en España: quema de iglesias, acto de la falange en el cine Europa con riesgo de altercados, agitación laboral, reforma agraria, cuestión catalana y disensiones en el ejército.
Un inesperado salto en la narración nos lleva hasta la National Gallery, cuyo regente Edwin Garrigaw, alias Violet, antaño profesor, colega y antagonista de Anthony, transmite, en el curso de una reflexión personal, análisis y características del Retrato de Felipe IV en castaño y plata, autorretrato de Velázquez en Las Meninas y una introducción a la vida de Felipe IV.
José Antonio y sus guardaespaldas, son los encargados de que los lectores, acompañando al protagonista conozcamos el centro de Falange Española y de las JONS su ambiente, la razón de su existencia y el respeto y servil obediencia que los afiliados tienen a su jefe. Nos son presentados sus dirigentes: su hermano Miguel, Fernández Cuesta, Sánchez Mazas. En el transcurso de esta reunión, en un nuevo giro, la narración, vuelve, ¡cómo no! a Velázquez, sin olvidar a Quevedo, Gracián, Calderón, Lope, Tirso de Molina, Teresa de Jesús y Juan de la Cruz.
Velázquez, como el chirrido de una puerta en las películas de suspense se repite obsesivamente capítulo tras capítulo, ni la bella Paquita consigue distraer los pensamientos del protagonista sobre la identidad de la modelo del desnudo. La estancia en el sótano del palacete se salda con otra larga reflexión sobre el cuadro y un breve abrazo de Anthony.
Lo que el lector intuye como una cita de pareja, auspiciada por la hija del duque preludio de “turbulentos amores” (cita de la contraportada), vuelve a convertirse en divagaciones pictóricas con Felipe II, Felipe IV, el Papa, Velázquez, Tiziano, Rubens, las Meninas o La Venus y Cupido.
¡El desasosiego del lector es evidente! ¡Riña de gatos!
El título no da ninguna pista sobre el contenido, aporta, eso sí pinceladas sobre el preludio de la guerra civil española, y generosas puntualizaciones sobre Velázquez y su tiempo.
Quedamos expectantes por descubrir que se oculta tras el telón de la obra de Eduardo Mendoza; mediada la lectura, es evidente que hay en ella un tanto de intriga, o dicho de otro modo, y para mostrar mi "dominio" de otras lenguas: de trhiller político-pictórico.
Imágenes: detalle de Las Meninas, Retrato de Felipe IV, y La Venus y Cupido (Velázquez.)









