Reflexión

Cuando se tienen problemas de comprensión e ignorancia hay que resolverlos con lecturas nuevas y apropiadas. (Miguel Delibes).

jueves, 27 de noviembre de 2014

Andrea narradora. Nada, Carmen Laforet


Cuando como lectores tomamos contacto con una nueva novela, determinadas neuronas nuestras, sensibles al estímulo recibido se interrelacionan para elaborar una respuesta sobre la información recibida. Tras el correspondiente proceso, comenzamos a “fabricar” un concepto sobre la obra. Dicho sin tanta parafernalia: empezamos a opinar centrados en un tema concreto. Algo de todo esto debió acontecer tras la anterior entrada sobre Nada de Carmen Laforet y el complejo proceso de resultados simples, se centró en la novela desde la perspectiva de la narradora.
La imagen que proyecta Andrea narradora sobre nosotros es la de un grupo de personas cuya vida es un infierno obligadas por la escasez a convivir en el mismo espacio y  cada una con sus secretos que aumentan la discordia. Las relaciones humanas y en definitiva su vida, son poco o nada gratificantes para el conjunto.
Andrea es narradora única, por lo que al lector se le impone –excepción hecha de  sus propias conclusiones- un solo punto de vista: el de la inexperta Andrea que recuerda y analiza situaciones de un pasado próximo, la mayor parte de las impresiones, emociones o decepciones que recibimos son las suyas. También lo es el concepto que tiene de las personas y del entorno en el que se mueve. Presenta la casa, sujeto importante en la novela, como un mundo aparte sustentado en principio por la bondad de una adorable viejecita (la abuela) que, en las páginas finales resulta culpada por sus hijas del suicidio de Román.
-Le malcriaste. Recuerda que le malcriabas, mamá. Así ha terminado.
-Siempre fue usted injusta, mamá. Siempre prefirió usted a sus hijos varones. ¿Se da cuenta de que tiene usted la culpa  de este final?
-A nosotras no nos has querido nunca, mamá. Nos has despreciado. Nos has humillado.
Con este diálogo sobrecogedor en torno a la muerte de Román la narradora pone el énfasis en una madre demasiado indulgente con sus hijos que enlaza  con la visión que  Andrea  transmite de la casa al comienzo de la novela: un mundo anormal lleno de tensiones. De un lado podríamos pensar que el inesperado mensaje puesto en boca de sus tías a las que apenas llega a conocer se asienta en que generosidad y perdón mal entendidos pueden ser causa de la decadencia de valores en la familia. De otro, que la introducción del suicidio sea una pincelada romántica: una muerte por amor (o por despecho).
Andrea narradora no  entra en análisis o valoraciones,  hace madurar a Andrea narrada.  Que pierda la ingenuidad inicial y oculte datos no interesantes de su pasado. Es huérfana, pero nada dice de la muerte de sus padres. De su estancia en Barcelona extrae la sabiduría del hambre y  la pobreza. Llega desde un pequeño pueblo en el que ha estado durante dos años. Ha cursado el bachillerato en un colegio de monjas, donde ha permanecido durante casi toda la guerra. Andrea narrada, desde un vacío desolador marcha en busca de una vida nueva, de liberación.



5 comentarios:

Pedro Ojeda Escudero dijo...

Excelente lección Paco. En efecto, la voz única se nos impone: además, es una voz que nos habla desde su presente, dominando todo lo que sabe, todo lo que dice y todo lo que calla de su pasado.

Myriam dijo...

Después de haber leído todas tus entradas y este comentario de Pedro que me antecede ¿Qué puede decirte? más que ¡¡te felicito!!

Muy buen fin de semana, besos

María del Carmen Ugarte García dijo...

Ya lo hemos dicho en estos comentarios, pero insistimos en que pese al título Andrea se llevo algo o mucho de su estancia en Barcelona y en aquella casa: la brutalidad de la vida cotidiana de aquellos años.

Ele Bergón dijo...

Tú párrafo final, resume toda la novela.
Buena síntesis

Un abrazo

Luz

Abejita de la Vega dijo...

Sólo vemos lo que Andrea ve. Y es más importante lo que calla que lo que dice.
Besos, Paco.