No
sé si os habéis fijado en que con el arribo
de lo políticamente correcto, la frase «ciudadanos de a pie» se aloja en el
asilo de las palabras moribundas. Parir el lema debió ser un acontecimiento
para tertulianos y políticos.
«Ciudadanos de a pie»
En
un tiempo llegó a molestarme, me preguntaba si era una incitación al desgaste
de zapatillas a fin de dejar la calle para uso y disfrute exclusivo de los con
derecho (de pernada) a la motorización.
Hoy,
arrumbada la expresión, pienso en que su verdadero significado está en tantos y
tantos hombres y mujeres que van por el mundo mejorándolo con su semblanza a
cuestas sin más que su propio ajuar, sin titulares, sin gesta digna de mención.
Hombres
y mujeres a los que la vida sorprende cada lunes con el «mono» de trabajo recién lavado
bajo el brazo; a diario, con el carro de la compra camino de la tienda de barrio; con
un cartapacio de papeles en la puerta de la institución de turno; con la
carpeta de la copistería low cost (2
cts. copia A-4 B/N) arropando veinte currículos. Hombres y mujeres que no dejan
más rastro en la vida que el de su entorno más próximo y su diario afán,
callado y necesario para que el mundo siga caminando.
Son
millones los «Ciudadanos de a pie» que cada semana, toman el bus municipal con
su «mono» de trabajo recién lavado; cada día van a la compra, educan, venden,
derrochan currículos sin respuesta. Millones de anónimos granitos de arena que renuevan
la playa de la vida si ser mencionados en los anales de la historia.
¡Viva la Gente!
Imagen:
Mundo-Nomada.com






