Reflexión

Cuando se tienen problemas de comprensión e ignorancia hay que resolverlos con lecturas nuevas y apropiadas. (Miguel Delibes).

lunes, 2 de octubre de 2017

UNA PÁGINA MÁS IV


“Y cuando descubrimos que SÍ hay quién nos quiere […] la vida te necesita […] el mundo necesita tu vida…”.

-      ¿Y si fuera él quién me necesita?
-      O soy yo la necesitada.
-      ¿Qué pensaría si me ve así?

El sol de la tarde proyectaba sobre la pared los destellos del vaso de tónica, con un sorbo menos, Rufo observaba indolente desde el alfeizar de la ventana, Eva se planteaba una duda razonable: té rojo, o ibuprofeno: Mejor ambas.

-      ¿Qué pensaría si me ve hecha un «trapo»?

Total había pasado una semana desde la paella; la jarra de cerveza en el camping y la charla, camino de casa, sobre Cicatriz, de Sara Mesa. El recuerdo de esa tarde suavizaba la resaca; los dos gintonic superaron su capacidad no estaba acostumbrada a beber, a lo sumo una «caña» o un vermú los domingos.
Desde el móvil el tono Digital bell le llegó como ampliado por un maléfico megáfono.

-      [¿¿¿]
-      Soy Ramón, ¿recuerdas?, nos vimos el pasado domingo en la «paellada».

Le costó reaccionar el «ibu», en seco, se estaba abriendo paso lentamente hasta el estómago y el té estaba aun demasiado caliente.

-      ¿Estás ahí?
-      ¡Oh! ¡Sí! ¡Perdona! Tenía la boca ocupada.
-      Qué inoportuno, casi te atragantas por mi culpa.
-      ¡Por favor! encantada, es un placer, tu dirás.

Le salieron los principios y dudó sobre lo procedente de la entusiasta respuesta, pero…, ¡que diablos! era verdad.

-      Te llamo por el libro del que hablamos, Cicatriz, si quieres puedo acercártelo.
-      Mejor mañana sábado ¿no trabajas verdad?, podemos tomar un café ¿te va bien?
-      ¡Perfecto! A las once en Sagitario.
-      De acuerdo, hasta mañana –dijo suspirando– había que ganar tiempo.

Sin actividad en los despachos cercanos, Sagitario era los sábados un café tranquilo, escogió una mesa lejos de la puerta, apta para una conversación distendida y esperó.

-      ¡Hola!

Dejaron volar un beso a la izquierda otro a la derecha, sin recato, con efusión.

-      ¿Cómo estas? ¡Qué cambio!
-      Bien, ¿Qué te parece?
-      ¿La verdad?
-      Por favor
-      Para mí, estabas mejor la semana anterior.
-  Para mí –pensó halagada– Lo suponía, es el recurso del pataleo, ya te contaré.
-      Cuando quieras y como quieras, no te sientas obligada. ¿Qué tomas?
-      Café con leche.
-      ¿Nada más? yo tomaré un pincho de tortilla, no he desayunado.
-      Que sean dos.
-      Si es tan amable, dos con leche y dos pinchos de tortilla. ¡Ah! y dos zumos de naranja.
-     Te cuento, el cambio es la consecuencia de una rebelión, obedece a la rabieta de un fracaso. Conoces algunas líneas del libro de mi vida, pero hay más.
-   Claro que habrá más y algunas si escribir. Confidencia por confidencia: Carlota y yo decidimos darnos «un tiempo», frase hecha prólogo de la ruptura que a no dudar llegará. Espero y deseo que sea civilizada.
-      Me extrañó verte solo y que me acompañases toda la tarde ¡me hizo mucho bien!
-      La necesidad era mutua.

Silencio y sonrisas. El desayuno toma la mesa. Fortuitamente, dos manos se encuentran en el azucarero.

-   Mi relación con Carlota empezó bien, como todas, éramos muy jóvenes, trabajábamos los dos, vinieron los chicos, la hipoteca, vacaciones en la playa, obligaciones repartidas…, todo muy programado, hasta los afectos. Los chicos se hicieron mayores y el esquema se rompió. La relación costumbrista pasó a comercial. Los encuentros, exiguos y de compromiso coincidían con sus eventos: “cariño, el club organiza un viaje cultural este «finde», volveré el domingo”. A la vuelta: hola, estoy muy cansada. En la cama, como si estuviera acostada con su suegra.
-      Los hombres la mayor parte de las veces no comprendeis bien la sensibilidad de las mujeres, son muchos nuestros días malos y a veces os poneis obsesivos, a lo bruto, con demasiado vigor.
-    Puede ser, concedido, pero esa misma actitud se aplaude en una primera etapa, se soporta en la segunda y finalmente se raciona, esto ocurre en muchas relaciones y los personajes de la tragedia siguen siendo los mismos. Bueno, quizá no, la evolución también cuenta.
-      Pero,esto es válido para todos ¿no?
-      Por supuesto, pero... hablemos del libro, tanto charlar y al final me lo llevaré a casa, me lio yo solo.
-      De camino si no te importa, se ha hecho tarde.


Tarde para qué –se preguntó– y es que habían vuelto a salirle los principios.

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